Fiesta de la Divina Misericordia de 2008

   

S.E.R. Cardenal D. Antonio María Rouco Varela presidió la Santa Misa en la Catedral de la Almudena de Madrid, el segundo Domingo de Pascua

Antes de comenzar la Santa Misa se rezó el Rosario meditado de la Divina Misericordia

   

Texto del cartel 2008:

CATEDRAL DE NTRA. SRA. DE LA ALMUDENA

Fiesta de la Divina Misericordia 2008

30 de marzo de 2008

Presidida por S.E.R. Cardenal
D. Antonio María Rouco Varela
Arzobispo de Madrid

PROGRAMA:
17 hs. Rosario meditado de la Divina Misericordia
18 hs. Eucaristía

Organiza: Movimiento Apostólico de la Divina Misericordia de Madrid
Santuario diocesano de la Divina Misericordia de Madrid. c/Peones 3. 28037 Madrid
Tel 917600169 y 913242366. Metro: línea 7, estación San Blas. Autobuses líneas 38 y 48

"LA FAMILIA CRISTIANA LUZ Y ESPERANZA DE LA SOCIEDAD"

EL MOVIMIENTO DE LA DIVINA MISERICORDIA
DE LA DIOCESIS DE MADRID CON LA FAMILIA Y LA VIDA

   

   
Domingo de la Divina Misericordia en la Catedral de la Almudena
   

Antes de la Santa Misa, una vista del retablo en el que está la Virgen de la Almudena, Patrona de Madrid

   

Desde la Sacristía mayor, se acercan los concelebrantes por el pasillo central. En la parte de arriba estaba el Coro y más arriba el órgano de la Catedral

   

 

El Sr. Cardenal y los concelebrantes, al llegar al Altar

   

   

El Sr. Cardenal Arzobispo de Madrid y los concelebrantes ante el Altar, y ceremonia de la incensación

   

A la derecha de la fotografía, el Sr. Cardenal momentos antes del inicio de la Santa Misa. A la izquierda, el cuadro de Jesús Misericordioso. En el Centro, los Vicarios episcopales, Párrocos y Sacerdotes concelebrantes.

   

Después de la Comunión, ya sentado el Sr. Cardenal, momentos antes de la bendición. Al fondo, a la derecha del Altar mayor, el retablo donde está la imagen de la Virgen de la Almudena, a donde se accede por las escaleras que se ven en la fotografía. Tratando de no molestar, se han hecho todas las fotografías sin flash, antes de la ceremonia o en un momento de pausa cerca del final.
Verdaderamente fue una celebración espléndida. El Sr. Cardenal expresó su alegría de presidir esta celebración. Uno de los Párrocos concelebrantes, que asistía por primera vez el Segundo Domingo de Pascua en la Catedral de la Almudena, luego nos dijo que le había sorprendido tanta cantidad de gente que había. Nuestro agradecimiento por todo al Sr. Cardenal, Cabildo Catedral, concelebrantes y confesores.

   

   
“Dios ama misericordiosamente al hombre, de lo que Jesucristo es la prueba más evidente y decisiva de ello”
   
Madrid. Infomadrid, 08-04-2008.- El Cardenal presidió una Eucaristía en la Catedral en la festividad de la Divina Misericordia. Comenzó su homilía recordando cómo Juan Pablo II quiso subrayar en la liturgia del domingo final de la octava de Pascua el mensaje espiritual que se manifestó a Santa Faustina Kowalska, el misterio de la Divina Misericordia, "que se le había presentado a esta mujer de un modo extraordinariamente bello, penetrante y actual". En el fondo del descubrimiento de la Divina Misericordia se encuentra, señaló, "una vida y un capítulo de la historia de los hombres marcado por dos hechos: por aquellos que rechazan la fe en Jesucristo hasta tal punto que están dispuestos a perseguir a los que creen en Jesucristo y, por lo tanto, a su Iglesia. Y, por otro lado, la presencia del mal en la vida de los hombres".

La persecución a los cristianos no ha cesado desde los primeros siglos, afirmó. "En cualquier momento, en cualquier punto del planeta en este momento, seguro que podemos encontrar situaciones en que la comunidad cristiana y los cristianos sufren por ser cristianos. Y también hay que decir que en cualquier punto del mundo los cristianos y la Iglesia no dejan de crecer en la respuesta al amor misericordioso de Dios, y no deja de dar testimonio que convence a muchos o que les abre los ojos para que encuentren en el corazón de Cristo el amor misericordioso que necesitan".

Recordando la manifestación de la Divina Misericordia a Santa Faustina, destacó que dicho mensaje consistió en la certeza de que "Dios ama misericordiosamente al hombre, de lo que Jesucristo es la prueba más evidente y decisiva de ello. Por lo tanto, lo importante es acogerse en la vida personal y en la vida del hombre a ese amor de Dios y vivir las contrariedades de la vida, por muy terribles que sean, sabiendo que sirven para que la misericordia de Dios se imponga en el mundo".

"Recibimos los frutos de la misericordia de Dios en nuestras vidas", dijo. "Y también tenemos que reconocer que muchas veces nos hemos negado. Es como si nos convirtiésemos en perseguidores de nosotros mismos, en enemigos de nuestro propio ser cristiano, en negadores de lo más valioso que hemos recibido en nuestra vida". Por eso, "hay que acoger en el corazón y en la vida la misericordia del Señor, dejar que Jesucristo resucitado entre en nuestra vida". "La misericordia de Dios, continuó, se nos ha hecho tan concreta, tan personal en Jesús resucitado, que nosotros podemos tener con Él una relación de amor tan personal y tan directa como no se podía tener antes y no pueden tener los que no le conocen".

Finalmente, pidió a la Virgen "que nos ayude a renovar en nuestra vida y en nuestra alma la respuesta de nuestro amor al amor misericordioso de Dios, que nos ha sido donado, revelado y entregado en su Hijo".

( www.archimadrid.es/... )
 

   
Por la mañana, Santa Misa en el Santuario diocesano de la Divina Misericordia
   
El segundo Domingo de Pascua, fiesta de la Divina Misericordia, Televisión Española retransmitió, por la mañana, la Santa Misa que se celebró en la Parroquia Virgen del Mar, Santuario diocesano de la Divina Misericordia de Madrid.

La Santa Misa se retransmitió dentro del programa de televisión "El día del Señor" de TVE2 . Estuvo presidida por D. Juan Antonio Martínez Camino, Obispo Auxiliar de Madrid, y concelebró el Párroco de "Virgen del Mar" y Santuario, y Presidente del Movimiento Apostólico de la Divina Misericordia de Madrid D. Diego Martínez Linares, y algún otro Sacerdote. Algunas lecturas a cargo de un Diácono. También participó un Coro y una cantante solista acompañada de un órgano. Recordamos brevemente algunas palabras de la homilía: Sí a la esperanza que procede de la fe. Alegraos por vuestra fe, por la alegría de la Resurrección. La Misericordia es la fuerza de Dios, es la que suscita y custodia nuestra fe. El que tiene la alegría de la fe tiene que sufrir un poco, pero el que cree tiene la esperanza que no defrauda.

   

   
Meditación del Rosario de la Divina Misericordia, en la Catedral de la Almudena
Por D. José Aurelio Martín Jiménez, Párroco de Concepción de Nuestra Señora, calle Goya, 26, Madrid
   
Hace ocho días, celebrábamos el gran día de la Resurrección del Señor Jesucristo. Hoy, continuamos esa misma celebración como si se tratara de un único día y la Iglesia nos presenta unos textos que, por una parte, nos siguen hablando del hecho de la resurrección, y por otra, nos ofrecen distintos aspectos de lo que significa la resurrección del Señor para nuestra vida concreta.

"Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el cielo" (1Pe 1, 3-4).

Estas palabras de San Pedro sitúan nuestra celebración de la Divina Misericordia en el centro mismo del misterio de nuestra fe, cuya octava hoy celebramos: la Pascua de Señor. La Pascua de Cristo ilumina el misterio de Dios como infinito Amor Misericordioso. Las palabras de San Pedro quedan corroboradas por otras paralelas de San Pablo con las que Juan Pablo II, en su segunda encíclica "Dives in misericordia" expuso ante el mundo el misterio de Dios Padre: "Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos ha amado, estando nosotros muertos por el pecado, nos dio la vida en Cristo. ¡Por pura gracia estáis salvados!, nos resucitó y nos sentó con Él en el cielo” (Ef 2, 4-6).

El misterio de la Misericordia Divina consiste en que por puro amor nuestro (Dt 7, 8) Dios nos ha salvado, no se ha desprendido de nosotros, que nos habíamos apartado de Él, sino que ha ido tras nosotros, como aquel pastor bueno (cf. Lc 15,4), para cargarnos sobre sí, para introducimos en el seno de la Trinidad. Este es el mal de la plasmación del hombre, iniciada en el Paraíso y completada en el Árbol de la Cruz. En la Cruz, el Seno de Dios se ha abierto y, misteriosamente, somos arrancados del dominio de las tinieblas y las sombras de muerte (Lc 1, 79) Y somos introducidos en la Tierra de los Vivos, en el Viviente mismo.

Este nuevo nacimiento lo hemos recibido en el agua del bautismo. En aquel momento vinieron sobre nosotros las aguas caudalosas de la Redención, esas aguas caudalosas que la Iglesia saca con gozo de las fuentes del Salvador. Esta Fuente no es otra que e Corazón de Cristo, el Corazón de Dios, al que el mismo Señor, el último día de la fiesta de las tiendas, el más solemne, llamaba a todos.

Aquel día toda Jerusalén era iluminada como signo y anuncio de la presencia de Dios en medio del pueblo. Aquella fiesta, que recordaba la compañía constante de Dios en la peregrinación de Israel por el desierto, como columna de nube y fuego, presente en la Tienda del Encuentro, anunciaba un tiempo escatológico en el que no sería ya Dios quien volviera a habitar entre las tiendas de los hombres, sino los hombres dentro de la misma Tienda del Altísimo, en la Nueva Jerusalén que baja del cielo.

En el contexto de esta fiesta, Jesús llama a todos a beber de él: "Si alguno tiene sed, que venga a mi y beba" (Jn 7, 37). Jesucristo está mostrando dónde se halla el manantial abundante que Isaías había visto brotar en el desierto, cuando anunciando el triunfo de Dios para Jerusalén, el profeta dice: "Alumbraré en el desierto fuentes, y torrentes en la estepa; se trocará la tierra abrasada en estanque y el país árido en manantial de agua” (Is 35, 6-7).

Esta Fuente de Gracia, Fuente de la Vida divina, se derrama sobre el desierto de nuestro pecado, sobre la estepa de nuestra desidia, transformando la tierra abrasada de nuestra impiedad en estanque que acumula piadosamente la misericordia divina, y el árido país de nuestra vida en un manantial que salta hasta la vida eterna. Esta es la obra de la Redención que Cristo ha llevado a cabo para gloria del Padre y salvación de los hombres.

La Iglesia, siguiendo la tradición bíblica, ha recurrido con frecuencia a la paradoja para exponer el misterio de Dios, un misterio que no puede explicar, sino sólo presentar. Lo vive, porque no puede vivir fuera de Dios (cf Hch 17,28) y, si bien aún no ha llegado a su plenitud, lo puede mostrar, porque la Iglesia no tiene más fin que existir en Dios y ser signo del Amor de Dios ante los hombres.

En este recurso a las paradojas, el Amor misericordioso es mostrado, a un tiempo, como agua y como fuego, como aguas torrenciales y como fuego abrasador, se asemeja con los torrentes del Negueb y con el fuego del fundidor. Ambas imágenes quedan unidas en una preciosa expresión de Sta. Teresita: sumergida en fuego. "De repente, dice la santa carmelita de Lisieux, me sentí presa de un amor tan violento hacia Dios, que no lo puedo explicar, sino diciendo que parecía que me hubieran hundido toda entera en el fuego. ¡Oh, qué fuego y qué dulzura al mismo tiempo! Me abrasaba de amor, y sentí que un minuto más, un segundo más, y no podría soportar aquel ardor sin morir" (Cuad. Amarillo, 7,7,2). La Misericordia Divina actúa transformando el corazón del hombre hasta hacerlo capaz del Amor de Dios, esta transformación, según nos explica santa Teresita, no puede ser inmediata, pues moriríamos.

Dios, desde el momento de la creación, se ha inclinado con ternura sobre el hombre para mostrarle su Rostro y colmarle de su Amor. Y, cuando por la desobediencia originaria, el hombre quiso apartarse de Dios, Dios no sólo no se apartó del hombre, sino que siguió inclinándose aún más, ¡hasta el punto de tomar la condición de esclavo y pasar por uno de tantos! ¡Dios se hizo siervo del hombre! Dios quiere servir al hombre su Vida, y esto se hace patente en el sacrificio de Cristo en la Cruz. El ara de la Cruz, presente en cada uno de los altares de nuestras iglesias, es el lugar donde Dios nos sigue ofreciendo el ternero cebado, el manjar suculento, el vino generoso, donde Dios mismo nos sienta a su mesa y nos va sirviendo. En Cristo, Dios nos ofrece el Alimento de la Vida, que nos introduce en la comunión trinitaria.

Dios se ha inclinado definitivamente sobre los hombres, iluminando el misterio de su Amor Misericordioso en nosotros. Ha querido derramar sobre nosotros las sobreabundantes "oleadas de infinita ternura" (Sta. Teresita) que nacen es su Corazón Divino. Unas oleadas que ya nunca dejarán de empapar el mundo, porque el Corazón de Dios, en Cristo, ha sido abierto para siempre. Desde el momento de la Transfixión, el flujo del Amor de Dios ha cubierto la creación, la ha colmado, como las aguas colman el mar.

Lo primero que observamos es que toda la obra de la redención es un acto de amor de Dios Padre para toda la humanidad en general y para cada uno de nosotros en particular. Un amor que llevó a entregar a su propio Hijo para que cargando con mis pecados me librase del diablo, del pecado y de la muerte y me diese la vida divina, algo que la persona humana ni siquiera podía imaginar, "por salvar al esclavo, entregó al Hijo". La parábola del hijo pródigo adquiere aquí su máxima expresión. Todos habíamos perdido la parte de la herencia que nos correspondía, es decir, habíamos perdido nuestra parte de libertad para vivir la vida independiente de Dios, como si Dios no existiese. Nos habíamos marchado de la casa del Padre y habíamos malgastando la "herencia", es decir, la vida misma. Pero Dios, rico en misericordia, no dudó en venir en nuestra ayuda; no nos dejó abandonados al poder de la muerte y no se conformó con volvemos a admitir en su casa, sino que nos ensalzó "poniéndonos las sandalias", esto es, reconociéndonos como hijos y "celebrando la fiesta", o lo que es lo mismo, haciéndonos partícipes de su misma vida.

Por eso en el texto del evangelio de hoy, lo primero que nos encontramos es, precisamente, el poder que Jesucristo da a sus apóstoles de perdonar los pecados.

Para que esto no quedase en una mera disquisición teológica, el Señor nos presenta un hecho concreto donde contemplamos lo que significa este gran amor y misericordia. Es el caso tan conocido de la aparición a Santo Tomás. Pero fijémonos como el Señor actúa con el apóstol. Primero se dirige a él personalmente, como si los demás no estuviesen presentes en la escena; en segundo lugar, lo trata con misericordia, es decir, tiene amor por aquel que no merece ser amado y esto se demuestra en el hecho de pedirle que introduzca su mano en la llaga del costado y sus dedos en los agujeros de los clavos. En tercer lugar, esta misericordia tiene una petición: "no seas incrédulo sino creyente”, o lo que es lo mismo: ámame como yo te estoy amando. La respuesta, "Señor mío y Dios mío". No es solo una respuesta de fe; es sobre todo una respuesta de amor al Amor.

Muchos de han extrañado que en las apariciones a Santa María Faustina Kowalska, el Señor le pidiese que la fiesta de la Divina Misericordia se instituyese el segundo domingo de Pascua. La razón estriba en que en este domingo puede verse la misericordia de Dios para con todos nosotros de una manera clara. El Señor ha estado grande con nosotros. Su misericordia nos restablece a la verdadera vida. Para ello se derrama el Espíritu Santo dando a los apóstoles el poder de perdonar los pecados; como a Santo Tomás, se nos pide que nos acojamos a las llagas de Cristo. Dice San Bernardo: "¿Dónde podrá hallar nuestra debilidad un descanso seguro y tranquilo, sino en las llagas del Salvador? [ ... ] Si cometo un gran pecado, me remorderá mi conciencia, pero no perderé la paz, porque me acordaré de las llagas del Señor [ ... ] Las heridas que su cuerpo recibió nos dejan ver los secretos de su corazón, nos dejan ver el gran misterio de piedad, nos dejan ver la entrañable misericordia de nuestro Dios [ ... ] ¿Qué dificultad hay en admitir que tus llagas nos dejan ver tus entrañas? No podría hallarse otro medio más claro que estas tus llagas para comprender que Tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia. Nadie tiene una misericordia más grande que el que da su vida por las sentenciados a muerte y a la condenación. [ ... ] y aunque tengo conciencia de mis muchos pecados, si creció el pecado, más desbordante fue la gracia. Y, si la misericordia del Señor dura siempre, yo también cantaré eternamente las misericordias del Señor. ¿Cantaré acaso mi propia justicia? Señor, narraré tu justicia, tuya entera. Sin embargo, ella es también mía, pues tú has instituido mi justicia de parte de Dios".

Resurrección del Señor. Este es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo. Porque Dios tiene misericordia de nosotros y estamos salvados. Amén

   
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Antes de la Meditación, el P. Diego Martínez Linares pronunció unas breves palabras y nos recordó que también debemos ser misericordiosos con los que viven cerca de nosotros, que a veces son con quien más nos desesperamos. También se realizó un breve acto de consagración a la Divina Misericordia, que repetían los fieles, y luego pasó a presentar al P. José Aurelio quien dirigió la Meditación.

Aparte del texto escrito más arriba, en algún momento de la meditación del Rosario de la Divina Misericordia, el Sr. Párroco D. José Aurelio, como ampliación de lo escrito, citó la Carta encíclica Spe salvi, donde el Papa Benedicto XVI dice que el cristiano nunca está solo, tiene una puerta, y la puerta es “Ahí tienes a tu Madre” que Jesús nos dijo en la Cruz. “Ahí tienes a tu Madre”, ese es el regalo de Cristo desde la Cruz, y siguió refiriéndose a la oración del número 49 de la Spe salvi. Recordó que él es hijo de la Madre de Dios, 36 años de Sacerdote de Jesucristo, “Tu misericordia infinita siempre me sostuvo” (San Agustín).

En otro momento el P. José Aurelio hizo referencia a la preocupación que expresan algunas madres por mejorar el aspecto religioso de los hijos, por la conversión de sus hijos, a lo que se les puede decir que ¿Quién tiene más interés que Dios por la conversión de sus hijos?. El Señor es quien más desea su conversión, por tanto que se lo pidan al Señor.

El misterio de la Divina Misericordia consiste en que por puro amor a nosotros, Dios nos ha salvado. El buen pastor que busca la oveja descarriada y cuando la encuentra la carga sobre sus hombros.

La Iglesia tiene que ser misericordiosa, tiene que ser la buena samaritana, mirando a tantos hermanos que están sufriendo. Todos los cristianos, para ser creíbles, tenemos la puerta de la misericordia, del servicio, de la buena samaritana.

Cristo confió en Pedro para ser primer Papa, a pesar de su traición, porque había llorado sus pecados. Judas no se fió de la misericordia de Dios.

El buen ladrón en el momento de morir, reconoce que es un pecador. “Acuérdate de mi, Señor, cuando llegues a tu reino”. Nunca tengamos miedo de reconocer nuestros pecados, porque vamos a tener la misma respuesta que el buen ladrón “hoy estarás conmigo en el paraíso”.

   

   

 

  Santa Faustina Kowalska, Diario de Santa Faustina, espiritualidad de la Divina Misericordia, Segundo Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia:  
                       
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