Libro “Vida del V. y angelical joven P. Bernardo Francisco de Hoyos de la Compañía de Jesús”, escrito por su Director espiritual el P. Juan de Loyola S.J. poco después de la muerte de Bernardo en 1735. Bernardo de Hoyos (1711-1735) es considerado el principal apóstol de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús en España.

Libro Tercero. Capítulo 6. Enseña el Corazón de Jesús a Bernardo en unos ejercicios la perfección que de él desea, con favores, temores y celestial doctrina.

 

Todos los ejercicios1 que hacemos los jesuitas una vez al año eran para este feliz joven, como hemos visto, una sagrada esfera en que se renovaba su espíritu, y en que el Señor le comunicaba favores singulares. En los que hizo por el octubre de este año de 1733 se le mostró tan benigno el Santísimo Corazón de Jesús, cuyos cultos procuraba, que conoció cuan agradables le eran sus pequeños desvelos en promover esta devoción.

 

Lo que experimentó en estos ejercicios fue, dice, “una chimera Divina, según los movimientos encontrados2 de su espíritu: unas veces se veía engolfado en un océano de delicias y favores dentro del Sagrado Corazón. Otras veces le parecía hallarse en lo profundo de un abismo de penas, temores, sobresaltos, aflicciones y desconsuelos indecibles. Empezaba siempre la oración por la meditación que proponía a la comunidad; pero de ésta le levantaba el espíritu del Señor a la contemplación de alguna perfección del Corazón Santísimo de Jesús. Sobre el fin del hombre (dice Bernardo) y sobre aquellas palabras: ego sum principium et finis, abundantes todos los años en esparcir luces a mi entendimiento, entendí altísimas cosas del Corazón, principio y centro de todas las bondades. Mostróme el dicho fin a que me había destinado3 el Señor, de propagar el culto del Corazón.

 

Sobre los pecados se me declaró lo mucho que desagradan a Dios las mínimas imperfecciones,4 particularmente las que en cierto modo son contra el Corazón de Jesús, como las que son contra su amor en la Eucaristía.5 La consideración de la muerte en lugar de darme temor, me alegraba y me hacía exclamar: veni, veni, oh dulcis mors¡ (ven, ven, dulce muerte¡). Pero a lo último revolvió (como sucedió el año pasado en este ejercicio) sobre el pobre corazón toda la eficacia de la terrible memoria de la muerte, excitando unos pavorosos temores que llenaron de luto y tinieblas toda el alma. Levantáronse las dudas, las sospechas y miedos de estar engañado, y de ser disparates de mi imaginación todas estas cosas, y mirábame en la hora de la muerte acosado de estas turbaciones, y aprehensión de haber estado en desgracia de Dios por fingir revelaciones, y vender como palabras divinas las soberbias de mi vanidad; pues toda esta serie de cosas se me representaba como artificio de mi soberbio espíritu.

 

No puedo explicar a V. Ra. el martirio que estos temores, avivados en las aparentes reflexiones, causaron en este pobre corazón, despedazándome las entrañas de sentimiento y dolor. Ya otras veces he hablado sobre estos temores, y acaso después volveré a hablar, y así sólo añado que esta tormenta se serena presto con los influjos del Divino Corazón de Jesús”.6

 

A este terrible martirio de penas interiores que describe Bernardo, siguieron otros modos de padecer muy secretos y aflictivos. Los mismos favores del Corazón Divino eran muchas veces motivo para mayores penas de su interior. Contemplaba su amado Corazón de Jesús, no sólo amante pero también paciente, y le parecía que su corazón no amaba el de su amado, pues no tenía que padecer7 por el Corazón amante de Jesús coronado de espinas y lleno de imponderables trabajos. Cuando le venían a la memoria algunas cosas que había padecido y padecía actualmente los reputaba por nada, y siempre se atormentaba con este argumento y máxima de las almas favorecidas del Señor: “La señal y carácter del buen espíritu es padecer mucho por el amor del Señor; tú no padeces nada, luego tu espíritu está iluso y engañado con devaneos de tu fantasía fácil en producirlos”.

 

Si la divina luz le aseguraba que los favores recibidos eran del Señor y de su santísimo Corazón, se forjaba otra tormenta en esta forma. Verdad es que los favores recibidos tienen todas las señales de buen espíritu; pero ¿dónde está la perfección a que eres llamado, y las sólidas virtudes que corresponden al estado de alma favorecida de Dios?. Descubrióle algunas veces la Divina luz con tal viveza sus imperfecciones y la pobreza de su alma en punto de virtudes, que no podía sufrir la confusión que le causaba.

 

Aunque se queja de no saber explicar lo que pasaba en su espíritu en estos lances, juzgo que los explicará mejor su pluma que la mía. “Viéndome tan lejos de la perfección que se me pedía (dice) cayó sobre mi corazón un pavor y asombro inexplicables, y quisiera esconderme en el infierno antes que sufrir el pudor, vergüenza y confusión8 que me causó esta vista interior, que no me dejó ánimo para levantar los ojos a mi Dios. Aquí representándoseme por el lado opuesto que los favores recibidos eran de Dios, y cotejándolos con esta mi ingratitud y mala correspondencia,9 se forjó otra línea de temores, creyendo no había infierno bastante a mi infidelidad, y que la providencia me había favorecido tanto, para ponerme por ejemplo de la mayor ingratitud, dejándome precipitar en un abismo de maldad, creyendo de mí el dicho: elevans, alisisti te (elevándote, te hiciste pedazos): en tanta confusión acudí por consejo a mi Dulcísimo Director San Sales10 que, amoroso, me respondió que amase esta misma miseria que en mí veía, pues me hacía conocer mis flaquezas, y que hiciese de ella escalón para entrar y subir al Corazón de Jesús, en el cual hallaría la paz”. Hasta aquí el afligido joven.

 

Hallóla tan serena, suave y dulce, que a esta tempestad de penas siguió uno de los más regalados favores del Sagrado Corazón de Jesús que referimos en el capítulo precedente. No se contentaba este Divino Corazón con enseñar a su siervo con regalos y penas. Dábale solidísimas doctrinas para adelantarse en la perfección heroica y sublime. El día de ejercicios en que meditaba el desengaño del cuerpo muerto y sepultado, le dio el Señor una excelente doctrina de que debemos aprovecharnos todos. Para no disminuir su eficacia nos la propone el joven que la recibió con sus mismas palabras. Díjome el Señor (escribe Bernardo) que su Corazón me debía servir de sepulcro en que muriese y se enterrase el hombre viejo y la misma alma muerta al mundo, y que no había de vivir fuera de su Corazón. Aquí- me dijo- habitarás, aquí morirás, aquí vivirás eternamente: que todo lo que no fuese su Corazón o no mirase a él, era nada para mí, y como el muerto no tiene acción vital, así mi corazón, en cuanto muerto a todo lo que no era Dios, no había de tener acción vital de esta vida, sino de la sobrenatural que había de vivir; que como muerto a todo lo creado, no había de usar de ello, ni mirarlo, sino en cuanto podía ser alimento de la vida sobrenatural, sólo en cuanto era medio para el fin; que tuviese muy presente la distinción del medio y del fin, que siendo lo temporal sólo medio, sobre todo había de volar y remontarse: que tocase la tierra en cuanto era necesario para pisar sobre ella, que si asentaba del todo el pie, se mancharía; que su Corazón Divino había de ser mi centro y mi elemento, que todo lo que era estar o morar fuera de él fuese para mí como al pez estar fuera del agua, al fuego de su esfera: que mi Amado fuese todo mío y yo todo de mi Amado11: de este modo me explicó, y aún no doy bien a entender aquel despego, aquel remonte, aquel vuelo sobre todo lo que no es Dios y su Corazón; lo cual veía más claramente que la luz del sol y penetraba toda la profundidad toda el alma, y última heroicidad (¿) de la perfección que se me pedía, y desde luego empecé a experimentar en mí un destello de este celestial estado, poniéndome el Señor prácticamente en aquella desnudez de afectos que me pedía, para que no lo entendiese sólo especulativamente.

 

Sobre todo, lo que más se me imprimió fue ser el Corazón de Jesús sepulcro de mi corazón muerto a lo visible y habitación de mi alma viva a lo que solamente es Dios y su Corazón Divino; y aspirando y respirando así en el Amado me formaría imagen del Corazón de Jesús; pues en esta muerte se encierra la fuga de todo lo imperfecto, y el seguimiento de lo más perfecto y agradable a los Divinos ojos.12

 

Pero, pareciendo al alma que esto solo era formarse imagen del Corazón amante, pero no del Corazón paciente, se explicó por señas, como quejándose amorosa, de que el buen Jesús no la amaba, pues no la daba trabajos, penas, aflicciones y dolores, que eran las contraseñas de su amor, y los colores con que se retrata en las almas la imagen de su amor crucificado.13

 

Entonces con una suavidad y amor indecible, vi me representaba y decía el Señor que si en esto consistía, que supiese me esperaban tantas cruces por medio de los hombres, de los demonios, de mí mismo, y aun de su amante Corazón, que me darían abundante materia en que delinear en mí una viva imagen de su Corazón afligido y de mi amado crucificado. Explicóse el alma aquí en gozos, pero deseaba se acercase el cumplimiento de esta promesa, y se le respondió que la sabiduría infinita de aquel espíritu que regía mi interior lo regulaba según la mayor gloria divina y la mayor conveniencia del estado presente, que tuviese por cruz las pasiones, y me crucificase en ella, que no era de menos dolor esta crucifixión.

 

En estos dos puntos de amar y padecer se cifra toda la hermosura de la imagen de mi perfección, pero los documentos que sin hablar se me dieron, los quilates y realces con que se había de llenar el bosquejo, fueron tantos y tales, que si no me hiciera el Señor el favor de conservarlos como esculpidos en el alma y de dar alientos a mi flaqueza, me confundiría su multitud y desanimaría su delicadeza”.

 

Hasta aquí el discípulo favorecido del Sagrado Corazón de Jesús. Este Señor se dignó llenar de consuelo el corazón de Bernardo con una noticia profética el día primero de sus ejercicios. Diósele a entender que se acercaba ya el tiempo de que se estableciese14 en la Santa Iglesia el culto del Divino Corazón, objeto dulcísimo de sus ansias: que vería él mismo los progresos de su devoción en los corazones de los fieles. Pero entendió que restaban no pocas ni pequeñas dificultades y contradicciones que superar, mas que reinaría y se dilataría ampliamente el imperio del Corazón de Jesús. En estas últimas palabras de Bernardo se ven cumplidas muchas cosas contenidas en sus expresiones proféticas.

 

Como el Señor había tomado muy por su cuenta instruir, enseñar, mortificar y vivificar a su siervo en estos ejercicios, reservó para el último día una maravillosa doctrina. Experimentó Bernardo con la temerosa consideración del Juicio Universal espantosos temores y sobresaltos de su espíritu. Llegaron a tal punto que sólo el Señor, que hace calmar y enmudecer los vientos y tempestades, pudiera sosegarlos. La descripción de esta tormenta y su serenidad nadie puede ponerla a vista de nuestros ojos, como el espíritu afligido que la padeció.

 

En la consideración del Juicio Universal (dice) se removieron los temores de ir todo perdido, de ser todo una ilusión, de fingir de mi cabeza estas cosas, de estar en desgracia de Dios, de haberse de llenar mi rostro de confusión cuando en el Juicio, delante de todo el mundo, descubriese Dios mis enredos, engaños y ficciones. Aquí se encresparon las olas de la tempestad que ya levantaban el alma hasta el cielo. Cuando quería quietarme, en la consideración de mis buenos deseos de amar a Dios, de los efectos en mi alma y en las de otros, ya la estrellaban y sepultaban en lo más profundo del abismo; escuchando de la boca del mismo Dios Jesús:”discedite a Me qui operatis iniquitatem; necio vos”.

 

Toda la tormenta se escondía en lo interior sin mostrarse en lo exterior, tanto más formidable, cuanto más en el corazón. Yo, amado Padre, quisiera poner delante de los ojos a V. R. todo lo que aquí pasó en mi espíritu, todos los pensamientos, todas las razones, todos los discursos y reflexiones con que mi pobre alma se sentía traspasar de parte a parte como con saetas emponzoñadas, que la causaban congojas de muerte; porque verdaderamente se me representaba tan claro que todo era fingimiento, que casi me hallaba reducido a una desesperación total, mirando imposible el arrepentimiento, porque si me resolvía a confesarlo o escribirlo todo a V. R. parecíame que, persuadiéndose a que éstos eran temores de probación y no estímulos de conciencia herida, no podía hallar en V. R. la penitencia, pues quedaba arraigado el principio de mis maldades.

 

Cuando procuraba consolarme con que yo todo lo había remitido a la obediencia, no ocultando la menor cosa, con que yo de todo corazón deseaba ser bueno, con que en mi corazón experimentaba buenos efectos, con que esta serie admirable y trabazón de sucesos, este cumplirse muchas cosas que antes había yo asegurado, este comunicar con siervos de Dios como la M. C.15, el P. N16., etc., este sentir ellos de mi espíritu que es de Dios, este anhelar mi corazón por la gloria del de Jesús, esta seguridad cuando acabo de recibir algún favor que es tan grande que si me hicieran pedazos no pudiera dudar, este no atreverme yo a afirmar que no había en mí favores de Dios, estas mudanzas tan repentinas de un desamparo y sequedad horrorosa a un colmo de dulzuras y suavidades, este no poder yo hallar los consuelos cuando los busco, si no es cuando me los dan, y en fin, que Dios no había de permitir viviese yo engañado, ni que V. Rs. se engañasen y cegasen tan del todo.

 

Cuando con todo esto procuraba consolarme a fuerza de la razón (pues otras fuerzas no alcanzan), por una parte, creía que esto era de Dios y, por otra, no podía sosegarme por la actividad del temor con que sacaba por consecuencia que mi espíritu era una cimera compuesta de bueno y malo, un monstruo de contradicciones, y remataba en que, en mí, había una máquina espantosa de malicia con que quería engañar a mi conciencia y aun al mismo Dios, y así me parecía que ni el bandolero más desalmado, ni el mismo demonio se podía comparar conmigo en la multitud de pecados y en la malignidad de mis procederes e intenciones; y así estaba como asombrado de que no se abriese la tierra y me tragase el infierno, y me admiraba cómo Dios no me precipitaba en los abismos, mirándome como objeto de su indignación justísima.17

 

Estando en este mar de desconsuelos, de penas y confusiones, en un momento calmaron los vientos y quedó todo sereno, diciéndome el Señor:¿qué tienes que temer? Aunque todo fuera ilusión,¿ qué importaba, si no pones tu corazón en estas cosas y te sirven para amarme más? Aquí el alma, como sobresaltada todavía, dijo: Señor, si yo lo finjo,¿ cómo no pondré el corazón en estas cosas?¿ cómo os amaré cuando os ofendo?¿ Qué me importa que, por una parte parezca os sirvo, si por otra os irrito? Replicóme el Señor, preguntándome.¿ Te atreves a decir que no pasan por ti esos favores? ¿Te atreves a decir que quieres fingirlos?

 

Entonces quedé totalmente sereno18, viendo que ni uno ni otro pudiera afirmar, y se me aseguró que en lo sustancial iba bien, que aunque en algunas cosas accidentales se meta el espíritu propio, como sucede cuando se revela una cosa y la imaginación añade alguna circunstancia, y como el alma está ilustrada con la primera luz, cree a veces que es de Dios lo que es del natural19; que, sin embargo, el Señor no permite este error en cosa sustancial, ni aquí hay ofensa suya en afirmar como revelada de Dios alguna circunstancia que añadió la imaginación; porque el alma así lo persuadió, y por esto convenía que todo pasase por los Padres espirituales, a quienes él asiste para que sepan discernir lo precioso de lo vil.

 

Pues aunque vulgarmente los hombres piensan que lo mismo es decir una persona, a quien Dios favorece, alguna cosa, que creer que es profecía o revelación; no es así, que no todo lo que los profetas decían, lo decía Dios, y por eso, aunque el Padre espiritual esté cierto que es Dios el autor de una revelación, ha de examinar sus circunstancias, y no aprobar si no lo que la prudencia y la experiencia dictaren; que Dios gusta se someta todo a sus Ministros visibles.

 

Con esta admirable doctrina quedé consolado y asegurado de que, aunque haya engaño en alguna cosa, en lo sustancial voy bien, y así aunque afirme Dios me ha revelado, Dios me ha declarado, etc. debe V. Ra. no regirse en todo por esto, sino fundamentalmente por lo que el Señor inspirare, pues aun cuando V. Ra. se opusiera directamente a la voluntad del Señor, no le sería ofensivo, pues quiere que los directores se guíen por lo que él les dictare, y se agrada a veces de estas controversias entre sí y el Padre espiritual”. Hasta aquí el P. Bernardo, cuyo dulcísimo Director San Francisco de Sales le visitó en la última hora de oración de los ejercicios.

 

Hablóle como Padre espiritual, y redujo a tres documentos todas las inteligencias, documentos y avisos que se habían dado. “El primero (dice el humilde discípulo) consistía en proceder confiadamente en medio de mis temores, mientras caminase simplemente. 2º  en no ser remiso en cuanto pudiese hacer para promover el culto del Corazón de Jesús, no dejando de proponer a V. Rs. cuanto juzgase conducente. 3º en mirar mi alma como sepultada en el suavísimo sepulcro del Corazón de Jesús. En este último documento se me cifra toda la perfección, la muerte del amor propio y pasiones, la vida soberana de mis acciones, la libertad del espíritu, la indeferencia en las manos de la providencia, aun en la mínima cosa, próspera o adversa”.

 

Hemos referido en este capítulo algo de lo que pasó al joven del Corazón de Jesús en las horas de oración retirada, mas ¿quién nos dirá lo que pasó por su corazón, alma y espíritu en todos los ejercicios, ya fuesen espirituales, ya fuesen corporales de su estado?. Nadie podrá decirlo mejor que el mismo joven con estas ardientes palabras. “Fuera de la oración (dice), en todos los ejercicios o espirituales o corporales ha andado el alma endiosada, o para explicarme mejor, encorazonada20 en el Dulcísimo Corazón de mi Amor Jesús; siempre lo hallaba conmigo, o me hallaba a mí en él; ni andar, ni hablar, ni comer, ni escribir, ni leer, ni menearme, ni casi respirar puedo sin tener en mi alma aquel dulcísimo Corazón, objeto de mis afectos, centro de mi amor, blanco de mis deseos, término de mis esperanzas, campo de mis delicias, motivo de mis complacencias, incentivo de mis gozos, vida de mi alma, alma de mi vida, alma de mi corazón, y corazón de mi vida y alma. En este Corazón habito, en este Corazón vivo, en este Corazón amabilísimo muero de amor”.21 Estas palabras de Bernardo son digna corona de este capítulo, y del fruto de sus ejercicios.

 

 

 
1             Al comienzo de la Compañía se hacían los Ejercicios espirituales al entrar en ella, en el tiempo del Noviciado, y era una de las pruebas principales que aparecen en el llamado “Examen”. Este era un documento informativo, que se entregaba al candidato a la Compañía y donde se le informaba de lo más sobresaliente de la misma. Allí se dice que “se requieren seis experiencias principales....: La primera es haciendo Ejercicios Espirituales por un mes poco más o menos, es a saber examinando su conciencia, revolviendo toda su vida pasada y haciendo una confesión general, meditando sus pecados, y contemplando los pasos y misterios de la vida, muerte, resurrección y ascensión de Cristo nuestro Señor ejercitándose en el orar vocal y mentalmente, según la capacidad de las personas, como en e Señor nuestro le será enseñado, etc”. Pasando el tiempo se introducirá la costumbre entre los jesuitas de hacer cada año ocho días de Ejercicios. Son éstos de los que habla aquí el P. Juan de Loyola.

2             Es típico de los Ejercicios de San Ignacio, cuando se hacen bien, el atravesar en ellos por movimientos a veces muy dispares: de gozo, de tentación, de oscuridad o de luz...ya que son dos espíritus contrarios los que se disputan el centro del corazón. Por eso San Ignacio indica al Director de los Ejercicios que pregunte al que los hace los movimientos que se suscitan en su interior; y si ve que no se da movimiento alguno, interróguele si hace los ejercicios a sus tiempos y cómo. El P. Hoyos habla aquí de las mutaciones que se hacían en su espíritu durante estos ejercicios de 1733.

3             El P. Bernardo de Hoyos está convencido desde el primer momento de que ha sido “elegido” y destinado por el Señor para propagar el culto de su Corazón. Esta honda y firme convicción será su mejor arma para lanzarse animoso a llevar adelante su tarea.

4             El alma que se acerca a Dios va hilando cada vez más fino, a medida que su unión con El se hace más íntima. De ahí que todos los santos hagan de su vida una labor de “encaje” y de “puntilla”. El trato con el Señor no se merece menos, so pena de perderse o enfriarse.

5             Se refleja en esta frase lo que escribía Santa Margarita y que Hoyos había leído en el libro del P. Gallifet: “...y lo que más me duele es que son almas consagradas las que así me tratan”. Esas faltas de delicadeza para con la presencia eucarística de Jesús son sentidas por Bernardo de modo muy especial y las tendrá muy presentes de ahora en adelante.

6             Se cumple una vez más aquello del Kempis: “y después de la tempestad, gran bonanza”. Así procede el Señor con las almas: es el fiel Amigo que acaba dando luz y ánimos al corazón que sinceramente lo busca y desea hacer su beneplácito.

7             Propio es de los santos querer padecer con Jesús y desear pasar por donde El pasó. Es aquello de “no permitir ser tratado mejor que Jesucristo”. Santa Teresa dirá: “O morir o padecer”, y Sta Magdalena de Pazzi: “No morir, sino padecer”. El amor grande busca siempre la mejor y más completa identificación con la persona amada.

8             Experimenta aquí Bernardo de Hoyos algo de lo que también Santa Margarita había experimentado en sí misma. Cuenta ella cómo, a veces, para purificar su corazón, la ponía el Señor en su presencia ,y al verse manchada (aunque fuera con faltas pequeñísimas) ante esa Pureza Infinita de Dios “se sentía ella quemar de vergüenza”. Estamos en el terreno de purificaciones místicas que Dios hace con algunas almas para raer de ellas toda escoria y ponerlas resplandecientes en su presencia.

9             Este contraste entre los dones de Dios y nuestros pecados constituye una de las líneas que indica San Ignacio en las meditaciones de la primera semana de Ejercicios; todo ello en orden a adquirir un “crecido e intenso dolor de mis pecados”.

10            Alude a San Francisco de Sales, uno de los santos más “optimistas” y que enseña a sacar bien de donde el mal espíritu pretende hacer mal. La humilde aceptación de nuestras miserias, hecha no con despecho ni amargura, sino con sencillez y verdad, ayuda grandemente a entrar en el Corazón del Señor, que es todo piedad y misericordia.

11            En todo este magnífico párrafo se ve la exigencia de un Dios celoso que requiere el corazón para Sí: “amarás a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu ser”.

12            Ese doble movimiento que se da en todo corazón: morir al hombre viejo y resucitar al hombre nuevo, es a lo que alude aquí Bernardo: quitar lo imperfecto y acoger lo que más agrade al Señor. Quizás tuviera en su mente el voto de perfección hecho por el P. La Colombière, según el cual se obligaba a hacer siempre lo que considerase más perfecto.

13            Se ve por este párrafo que el P. Hoyos sabía del “misterio de la cruz”: él había meditado en los Ejercicios “el tercer grado de humildad”, de que habla Ignacio de Loyola, como la cumbre del amor a Cristo: es querer pasar deshonras, privaciones, dolores...con el único fin de asemejarse más y más a El.

14            En efecto, en 1765, el Papa Clemente XIII concede la Misa y el Oficio litúrgicos del Corazón de Jesús a Polonia y a la Archicofradía romana del Sagrado Corazón, y muy poco tiempo después también a las Salesas. A España tardaría algo más en llegar, a pesar de haber presentado a la Santa Sede esa misma petición que le hizo el reino de Polonia. ¿Cuál fue la causa? Parece ser que quienes rodeaban a nuestro rey Carlos III (Conde de Aranda, Floridablanca, Campomanes...) identificaban culto al Corazón de Jesús con los jesuitas y, luchando contra éstos, emplearon su influjo para que aquel culto no fuese aprobado para España ni para sus colonias de ultramar, como habían pedido expresamente los obispos  y el rey Felipe V. Habría que esperar a 1815 para que el Papa Pío VII hiciese concesión de esa gracia a nuestra Patria, una vez restablecida por él mismo la Compañía de Jesús.

15            Se refiere a la Madre Ana de la Concepción, la religiosa cisterciense del monasterio de San Joaquín y Santa Ana, que era su “retaguardia” orante y con la que había platicado sobre el asunto del culto al Corazón de Jesús. En el actual museo que se conserva en ese monasterio podemos ver todavía hoy la lápida de su sepultura, con la inscripción de su nombre. Falleció en 1749 con fama de santidad.

16            Alude al P. Agustín de Cardaveraz o al P. Pedro de Calatayud; ambos le aseguraban de que era espíritu de Dios.

17            Magistralmente describe en este párrafo el Hno Bernardo la lucha de los “espíritus” dentro de su propio corazón. Una de las gracias más características de Bernardo de Hoyos es la altura que la discreción de espíritus alcanza en él. Notemos que, cuando esto escribe, es un muchacho de 22 años.

18             Se confirma aquí lo que escribe San Ignacio en su librito de los Ejercicios, al hablar de las Reglas de discreción de espíritus: “1ª regla La primera: propio es de Dios y de sus ángeles en sus mociones, dar verdadera alegría y gozo espiritual, quitando toda tristeza y turbación que el enemigo induce; del cual es propio militar contra la tal alegría y consolación espiritual, trayendo razones aparentes, sutilezas y asiduas falacias” (Reglas para la segunda semana)

19            Aquí el Hno Bernardo hace alusión a la última regla de discreción de espíritus, que pone San Ignacio para la segunda semana. Dice así: “La octava (regla): cuando la consolación es sin causa, dado que en ella no haya engaño por ser de solo Dios nuestro Señor, como está dicho; pero la persona espiritual, a quien Dios da la tal consolación, debe con mucha vigilancia y atención, mirar y discernir el propio tiempo de la tal actual consolación, del siguiente en que el alma queda caliente, y favorecida con el favor y reliquias de la consolación pasada; porque muchas veces en este segundo tiempo por su propio discurso de habitúdines y consecuencias de los conceptos y juicios, o por el buen espíritu o por el malo forma diversos propósitos y pareceres, que no son dados inmediatamente de Dios nuestro Señor; y por tanto, han menester ser mucho bien examinados, antes que se les dé entero crédito ni que se pongan en efecto”

20            Precioso término empleado por el P. Hoyos para indicar cómo su corazón habitaba dentro de otro Corazón más grande y hermoso: el Corazón de Cristo. Expresa también el afecto que se tiene para con ese Corazón de Jesucristo.

21            Por este párrafo columbramos la altísima perfección a que el Señor elevó el espíritu del P. Hoyos, que puede con toda verdad decir la frase de San Pablo: “vivo yo, ya no yo, es Cristo quien vive en mí”. Con esa pedagogía fuerte y delicada que caracteriza a Jesucristo, fue modelando el corazón de su siervo Bernardo para hacer de él un trasunto del suyo.

 

 
                       
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