| Libro Vida del V. y angelical joven P. Bernardo Francisco de Hoyos de la Compañía de Jesús, escrito por su Director espiritual el P. Juan de Loyola S.J. poco después de la muerte de Bernardo en 1735. Bernardo de Hoyos (1711-1735) es considerado el principal apóstol de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús en España. |
| Libro Tercero. Capítulo
19. Algunos de los regalados favores con que el S.
Corazón de María Santísima, Dulcísima Madre de
Bernardo, regaló a su amado y amante hijo. En muchos lugares de esta historia quedan ya referidos o insinuados algunos de los singulares favores con que el amabilísimo Corazón de María regaló a su querido hijo, porque son tan inseparables el Corazón Divino de Jesús y el celestial Corazón de María, que ha sido imposible hablar del uno sin hacer dulce memoria del otro, y ambos amabilísimos Corazones se unieron en favorecer a nuestro dichoso joven, de suerte que en mil ocasiones formaban juntos el dulce objeto de sus cariños. He reservado, no obstante, algunos del delicioso Corazón de María Santísima, N. Señora y dulce Madre, para colocarlos en este capítulo. Muy a los principios de las primeras noticias que Bernardo tuvo del S. Corazón de Jesús, se le mostró el Corazón purísimo de María en forma de sol brillante: El Corazón de Jesús (dice) enviaba todos sus benéficos rayos hasta recibirse toda su actividad en el Corazón amabilísimo de N. Madre María Santísima, que miraba en forma de sol brillante y hermoso, el cual inmediatamente comunicaba a los hombres y a toda la tierra multitud de rayos que había recibido.1 Hasta aquí Bernardo, quien vio muchas veces el Corazón Santísimo de María pendiente de una cadena de oro, que le colocaba sobre su amorosísimo pecho, como vimos y luego insinuaré. Con ocasión de haberle pedido uno de sus amigos2 que le encomendase a N. Señor especialmente en una tribulación o trabajo que padecía, tuvo el favor siguiente: Instaba fervoroso al S. Corazón de Jesús fortaleciese a su amigo en la tribulación que padecía, cuando entendió que per multas tribulationes oportet nos intrare in regnum Cordis Jesu, dice Bernardo. Conviene entrar en el reino del Corazón de Jesús por muchas tribulaciones: estas palabras consolaron y fortalecieron al joven de suerte que, a imitación del Apóstol, exclamaba: quis nos separabit a charitate Christi? Tribulatio an angustiae, etiam si exurgant adversus nos castra, non timebit cor nostrum, quoniam Cor Jesu nobiscum est. Quién nos apartará de la caridad de Cristo? Por ventura la tribulación? La angustia? Aunque se levanten contra nosotros ejércitos de tribulaciones, no temerá nuestro corazón, porque el Corazón de Jesús está con nosotros: Así se consolaba y alentaba Bernardo. Pero como deseaba el consuelo y fortaleza del corazón de su amigo, se valió del Corazón de la benignísima Madre de piedad N. Señora. Rogaba instantemente a esta Dulce Madre de clemencia una tarde en la oración, cuando oyó estas distintas voces de la amabilísima Reina, aludiendo a la persona atribulada: cum ipso sum in tribulatione, eripiam eum et glorificabo eum. Con este amigo estoy en la tribulación, yo le sacaré de ella, y con honor y gloria. El consuelo que Bernardo tuvo con estas regaladas palabras de María Santísima explica de esta suerte: Mucho me consoló este jsentimiento, y esforzó infinitamente mi corazón a que en nombre de N., y(o) desafiase todas las tribulaciones y aflicciones, persecuciones, injurias, calumnias, deshonras, desamparos con valor; y en fin a todos los hombres y demonios; pues, protegido su corazón de Nuestra Dulcísima Madre y refugiado en el inexpugnable alcázar del Corazón de Jesús, nuestro capitán y guía en todo género de trabajos, dirá (vivirá) animosamente. Hasta aquí los alientos de Bernardo. Mucho mayor consuelo recibió en este particular cuando el día de la gloriosa Asunción de María,3 el Corazón de esta amabilísima Señora le favoreció de esta forma, que refiere así: Entre otros regalos y favores que, después de comulgar el día de la Asunción, recibí de mi Dulcísima Madre, se me mostró el corazón de N. en su ser, quiero decir, según sus fuerzas naturales, y con las asistencias regulares de la Divina gracia en medio de la tempestad presente, y en lo encogido y como sofocado conocí la fuerza con que naturalmente era combatido de las olas; pero luego vi que Nuestra Dulcísima Madre le acogía dentro de su purísimo Corazón, y que abrigado, protegido, esforzado, y como animado de nuevo espíritu, se dilataba, ensanchaba, y se revestía de un esfuerzo y latitud mayor que el mundo y que todos los trabajos que en él pueden acaecer. Entendí aquí solo con esta visión, y con mirar con los benéficos ojos con que en él se complacía María Santísima, la especial protección que de N. tiene Nuestra Señora, y que esta especialidad nace particularmente del afecto de N.4 al Corazón Sagrado de su Santísimo Hijo; pues por la conexión y correspondencia de estos dos soberanos Corazones, abrigaba el de la purísima Madre al que tanto desea el culto del Hijo Santísimo, el cual influía en el de N. por medio del de María Santísima la beneficencia sagrada de su amor. Hasta aquí Bernardo, regaladísimo Hijo del S. Corazón de María Santísima, a quien debió otros innumerables favores. Aun antes que el SSº. Corazón de Jesús se hubiese manifestado con tan copiosas luces al joven de su Corazón para que promoviese su culto, le había favorecido el purísimo Corazón de María muchas veces. Vio a este celeste y maternal Corazón en diversas ocasiones sobre el amabilísimo pecho de María Santísima, grande, hermoso, resplandeciente, todo de fuego, y que me parecía (dice) era su capacidad inmensa. Viole en una ocasión, que se abría para encerrar y como engastar el corazón de su fiel siervo y devoto hijo. 5 En aquel regaladísimo favor, en que le favoreció o apareció Jesús con su Divino Corazón herido con las tres saetas que le había flechado Bernardo, vino también la soberana Reina para recibir en su Sagrado Corazón una saeta con que le hirió el tierno amor de su amado joven. Mil otros favores semejantes esparcidos por la historia admirable de este amante siervo de María6 son prueba indefectible de lo mucho que el Corazón maternal de María le favoreció siempre. Desde la mitad del año de 1733, en que se le descubrió el Sagrado Corazón de Jesús, mandándole procurase su culto y devoción en todo el mundo, entendió lo mismo con proporción del purísimo corazón de María.7 Así lo procuró Bernardo y en premio recibió de este amabilísimo Corazón muchos y regalados favores. |
| 1
En estas palabras late la verdad mariana de la
intercesión de María, Medianera de todas las gracias
que recibimos de Dios. No hay gracia, por pequeña que
sea, que no traiga en sus alas como un perfume mariano.
La mediación de la Virgen María es una verdad de fe en
el pueblo cristiano y, tal vez, no esté lejano el día
en que se proclame como dogma, al igual que se hizo con
la Inmaculada en 1854 con Pío IX y con la Asunción de
María en 1950 con Pío XII. 2 Se trata del P. Agustín de Cardaveraz, con el que Hoyos mantuvo ya correspondencia desde su noviciado, a insinuación del P. Juan de Loyola, que conocía la grandeza de alma de ambos jóvenes. A él le debe Hoyos el haber descubierto la devoción al Corazón de Jesús, como ya hemos visto. El P. Cardaveraz, después de ordenado, estuvo tres años en el Colegio de Bilbao. En agosto de 1734 es destinado a explicar Filosofía en el Colegio de Pamplona. Allí estará un año nada más, pero fue un año de mucho sufrimiento, pues sentía una aversión grande a explicar esa asignatura y hubo de hacer grandes esfuerzos para sobreponerse a ello. Padeció a la vez unas pruebas interiores muy penosas, que le hacen escribir así al P. Juan de Loyola en carta de 23 de junio de 1735: ...algunas noches se conjuraban todas las dudas, temores y repugnancias, aun después de reconciliarme; y entonces, o arrebatado ciegamente de la vehemencia de la pasión y afectos desordenados, no sé cómo empezaba a padecer unas tinieblas, tristezas y fatiga tan grande del corazón, que no sé a qué compararlo. En este tiempo se me ocultaba esta inefable hermosura y bondad de mi Amor Jesús, y así entraba en un golfo de amarguras, y combatían por todas partes mi corazón continuas olas, como una deshecha tempestad, sin que todo aquel tiempo fuese yo, al parecer, capaz de que se me ofreciese pensamiento que no fuese de suma pena. 3 Es curioso cómo el día de la Asunción de la Virgen con frecuencia recibe Bernardo especiales gracias y favores. En este 15 de agosto de 1735 tiene la satisfacción de ver cómo su amigo ha salido de aquella tempestad que tanto le hizo sufrir en Pamplona. Los Superiores, viendo que Cardaveraz no era el hombre dotado para la enseñanza, lo destinan ese mismo año a la pequeña Residencia de Azcoitia, a donde va en octubre de ese mismo año. 4 Agustín de Cardaveraz 5 Ver la nota en los capítulos anteriores, en que se trata de esta gracia. 6 Amante siervo de María le llama el P. Loyola, y con razón. En la Gran Cuenta de Conciencia que escribe el P. Hoyos, en octubre de 1732, para dar una noticia exhaustiva del estado de su alma, escribe así acerca de su devoción a la Virgen María: Pues ¿qué diré de la Madre del Amor Hermoso, María santísima? Es nuestra madre; como tal se muestra y yo aspiro a ser hijo suyo y, como tal, recurro siempre a su protección. Ya también V. R. sabe las mercedes particulares que he recibido de este acueducto de las gracias, que pueden llenar muchos pliegos. Tiene dominio despótico sobre mi corazón, sobre mi alma y espíritu, como no ignora V. R.. Notemos cómo también aquí, con esa frase aplicada a la Virgen como acueducto de las gracias, Bernardo da un testimonio más de su creencia en la mediación de María. 7 En notas de anteriores capítulos hemos hablado de lo concerniente al culto del Corazón de María en la Iglesia, culto que ya Bernardo sentía con especial agrado y por el que trabajó igualmente. El culto de ambos Corazones (de Jesús y María) va unido en el P. Hoyos. Aquí podríamos decir aquello de que lo que Dios unió, que no lo separe el hombre. |