Libro “Vida del V. y angelical joven P. Bernardo Francisco de Hoyos de la Compañía de Jesús”, escrito por su Director espiritual el P. Juan de Loyola S.J. poco después de la muerte de Bernardo en 1735. Bernardo de Hoyos (1711-1735) es considerado el principal apóstol de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús en España.

 
Libro Tercero. Capítulo 16. Ordénase Bernardo de Subdiácono, Diácono y Presbítero, y celebra su primera Misa en el Colegio de N. P. San Ignacio de Valladolid.

 

Es difícil explicar los sentimientos íntimos, amantes, humildes y celestiales que pasaron por el espíritu de Bernardo en el acto misterioso y divino de recibir, los días inmediatos al día en que había de ordenarse, que sólo la santa obediencia podía determinarle a recibir el Orden Sagrado.

La víspera de los tres días en que se ordenó, viéndose asaltado de un pavor reverente, recurrió humildemente confuso al aposento del Padre Rector; con el peso de su confusión humilde se puso de rodillas, y no se levantó del suelo hasta que obligó a su superior a que le echase su bendición y le mandase 1expresamente que recibiese el Orden Sacro.

Recibió el de Subdiácono día de la expectación 2del sagrado parto de María Santísima Nuestra Señora y su Dulce Madre. De esta casualidad se glorió Bernardo diciendo: “me alegré porque fuese con la protección de Nuestra Dulcísima Madre: como lo experimenté”. Ordenóse de Diácono día de San Silvestre, día de su especialísima devoción en este año, porque era viernes consagrado al S. Corazón de Jesús, a quien se ofreció para publicar sus glorias por todo el mundo. Hizo esta oferta por medio del primer devoto del Corazón de Jesús, el amado Discípulo San Juan Evangelista. Habíale visitado en su festividad este Santo, acompañado de su dulcísimo Director San Francisco de Sales, y ambos se le ofrecieron por Padrinos para sus Ordenes. Cumplieron estos gloriosos Santos su celestial promesa el día que Bernardo se ordenó de Presbítero.

Lo que sucedió a nuestro joven al tiempo de recibir el Orden de Sacerdote no se debe referir con otras palabras que las suyas, aunque largas; son las que siguen.

El Sacerdocio fue el día después de la Circuncisión;3 precedieron mayores luces y mayores esfuerzos de la gracia para recibir este Orden. Al ir al Palacio del Iltmo. Señor Obispo me asaltó de improviso un estremecimiento más que regular, nacido de la claridad con que en la oración se me puso delante, por una parte la dignidad altísima del Sacerdocio, y por otra mi casi infinita indignidad. Aturdido de este vivo sentimiento, sin atreverme a llegar a recibir este Orden, acudí al S. Corazón para que con sus riquezas vistiese mi alma, para que no apareciese tan corrida, pero no me serené hasta que postrado ante mi Padre Rector oí me mandaba expresamente que fuese a recibir el Sacerdocio por obediencia, y aquí facta est tranquillitas magna(se hizo una gran tranquilidad): y todos los afectos de temor se convirtieron en amor.

Al ir en el coche (porque el Iltmo. Señor Obispo 4que me había de ordenar con otros teólogos se dignó honrarlos con la benigna expresión de hacerlos conducir en su carroza a Palacio) se me representaba, que como éste me llevaba, sin tocar en la tierra en lo visible, así en las manos de la obediencia y providencia divina iba conducido invisiblemente sin afecto de tierra, lo cual me consoló, y en esta consideración fui entretenido, convidando interiormente a los Santos mis devotos, particularmente a San Juan Evangelista y a mi Santo San (Francisco de) Sales como Padrinos para que asistiesen, y favoreciesen con sus oraciones en un acto de los mayores que había de hacer en mi vida. Experimenté su asistencia, porque estando postrados mientras invocaban la corte celestial con las Letanías,5 vi cómo estaban presentes estos dos Santos con N. Sto. P. San Francisco Javier, y las Santas mis devotas, a quienes me había encomendado.

Al tiempo de recibir la potestad sacerdotal sentí (porque más fue tacto espiritual que visión) la mudanza que se obraba en mi alma,6 mirándola hermoseada con el carácter, que reconocí y entendí, lo que era mejor en sí, que lo había concebido con las luces especulativas de la teología. Pero, sobre todo, al pronunciar el Iltmo. aquellas palabras: accipe Spiritum Sanctum (recibe el Espíritu Santo), me llené todo de un sagrado pavor, percibiendo interiormente la compañía de tan Divino huésped en las nuevas especiales gracias y dones, que como por vista de ojos se me comunicaban. También me declaró el Señor en este punto, cómo este sacramento7 había tenido su origen de la fuente purísima de su Corazón Sagrado, del cual se me comunicaban los tesoros de su preciosa Sangre, y esto entendí con una dulce visión, en que vi cómo influía este Divino Corazón en mi alma lo que las palabras del Señor Obispo significaban, en uno como rayo de luz; aunque no era luz ni rayo, sino otra cosa especial, para cuya significación no encuentro término propio.

En la comunión se abrazaron los dos amantes, y mi alma desahogó algún tanto el sagrado asombro y admiración de misterios tan soberanos, como en sí experimentaba. Lo que en este breve rato pasó entre mi alma y Dios, no se puede explicar. Aun físicamente me parecía hallarme mudado en otro hombre,8 y tenía un conocimiento como cierta reverencia de mi mismo. Fue forzoso estar con su Iltma. algún tiempo, cuando yo quisiera estar retirado con mi Dios; pero aunque hablando con los hombres, estaba muy lejos de todas las cosas humanas, y como absorto y sepultado en mí mismo, y lo mismo experimenté los días siguientes, entre la bulla de Navidades, hasta el día de mi primera Misa, que fue el de Reyes.

Preparéme estos días intermedios con aquellos afectos, que mejor que yo sabe el Señor; el que más sobresalía era una anihilación en mi nada, con que me arrojaba en manos del Señor, entregándome del todo a la potestad del amor de su Corazón, para que así acertase mejor a cumplir sus deseos, celebrando la primera Misa, o dando principio con ella a celebrar todas las demás en obsequio del Corazón Sagrado, como sacerdote propiamente suyo, consagrado y dedicado a su culto con toda la especialidad que V. R. sabe, y que el mismo Jesús me dio a entender en estos días con sus celestiales luces; y en este punto no puedo decir más.

Particularmente le pedía retirase toda cosa exterior y no permitiese saliese afuera9 lo que en lo interior se dignaba favorecerme; porque ciertamente me parecía imposible llegar yo a tener en mis manos aquel Divino amor, centro de mis ansias, si no retiraba y templaba la claridad de sus luces y la actividad de sus amores. Y la Madre Concepción (según me dijo después) pidió muy de propósito esto mismo al Señor, y estuvo todo el día con algún sobresalto de si había salido alguna cosa al exterior”. Hasta aquí lo que pasó al espíritu de nuestro joven sacerdote, en cuanto al Sacerdocio.

Los favores que el nuevo sacerdote recibió el día de su primera Misa son tan singulares que, por no oscurecerlos, es preciso los explique el joven que los recibió. Por secretos y admirables fines que no sé decir, celebró Bernardo su primer Sacrificio en el Colegio de N. P. San Ignacio de Valladolid, siendo sujeto del Colegio de San Ambrosio, singularidad que habrá acaecido pocas veces, si ha sucedido alguna, lo que ignoro. Porque siempre nuestros sacerdotes dicen su primera Misa en el Colegio que residen.

La casualidad visible y natural fue ésta. Hallábase Rector del Colegio de N. P. San Ignacio el M. Rdo. P. Manuel del Prado, que acababa de ser Provincial. Como este Rdo. Padre estimaba y amaba tanto a Bernardo, le había solicitado la dispensación de edad para ordenarse, y conocía íntimamente su espíritu por las muchas veces que nuestro joven le había manifestado todos los secretos de su conciencia, quiso tener el consuelo de ser su padrino en la primera Misa.

El P. Rector de San Ambrosio convino gustoso en dar este especial consuelo al P. Rector de San Ignacio, y le envió su súbdito para que con su estimable asistencia celebrase el nuevo sacerdote. Antes de salir éste de San Ambrosio, hizo la renovación de sus votos por ser día de los Santos Reyes.10 Recibió en ella un singularísimo favor que le dispuso para celebrar su primera Misa con afectos y ardores seráficos.

Refiérele Bernardo con estas palabras: “En la renovación (apareció) el Amabilísimo Jesús acompañado de su Dulcísima Madre, de San Juan Evangelista, San Francisco de Sales y San Francisco Javier, que habían de ser mis Padrinos; y por otro lado estaban N. P. San Ignacio, San Luis Gonzaga, los dos Padres Venerables Padial y Colombière con las cuatro regaladas esposas del Corazón de Jesús: Santa Gertrudis, Santa Teresa, Santa Magdalena de Pazis y la Venerable Margarita.

Delante de esta celestial comitiva, a que acompañaban muchos Angeles, en especial los de mi guarda, declaró el buen Jesús el amor con que su Corazón amaba (a) esta ingrata criatura, movido solamente de su bondad, para que ésta luciese más junta con mi ingratitud; la elección que había hecho de mí para procurar su culto; y finalmente el designio de su providencia en haberme elevado al Sacerdocio antes del tiempo regular (de todo lo cual recibí mil parabienes de todos aquellos Bienaventurados) y que antes quería en su presencia renovar mis votos de mi parte, y de la suya el desposorio, que había celebrado con mi alma; todo lo cual se hizo con circunstancias de mucho consuelo y confusión mía, y los tres Santos ofrecieron asistir a mi primer Sacrificio como Padrinos, y Nuestro Santo Padre (Ignacio) como a quien tanto tocaba, y las Santas como quienes tanta gloria recibían de las glorias y obsequios del Corazón de Jesús, su esposo, a cuyo culto se habían de dirigir desde éste todos los demás sacrificios que yo celebrase; pero todos habían de asistir invisibles por los altos fines del Señor.

En esto llegó el tiempo de salir para el Colegio de N. P. San Ignacio: cesó la visión11 y sólo quedó la amable vista de muchos Angeles de guarda, que me acompañaron hasta llegar al Santo Altar.

Semejante a la que se lee de aquel sacerdote, de quien se habla en la vida de San (Francisco de) Sales, porque el Angel propiamente diputado para mi guarda del coro inferior, que antes tenía a la derecha, ahora estaba a la siniestra; y el otro, que por especial favor me ha señalado el Señor de más alto coro, que antes estaba a la izquierda, estaba ahora a la derecha; todo en significación de la dignidad sacerdotal, que es tan reverenciada de los mismos Angeles”.  Hasta aquí el favor singularísimo, inmediato a celebrar el primer Sacrificio de Bernardo.

Lo que le pasó en tiempo de la Misa, ni el mismo joven Sacerdote supo explicarlo, y así brevemente lo escribe diciendo; “Llegado al Altar, cesó la visión de los Angeles, y me hallé asaltado de un sagrado horror y de un pavor reverente, el cual serenado poco a poco, proseguí sin tropezar; admirando mil misterios en todas las palabras de la Santa Misa, y en su significación, principalmente en el Canon y en la Consagración. Fuera cosa que llenara muchos pliegos individualizar cuanto aquí sentí y cuanto pasó en mi interior.

Tuve muy presentes a Vuestras Reverencias, todas sus cosas, todas las del Corazón Sagrado, el fin que de mis Sacrificios pedía, y todo aquello que pudiera haberme borrado la novedad de tan grandiosa acción; sólo advierto a V. Rª. que precaviendo el Señor toda cosa exterior, me comunicó todos sus favores por un modo más elevado, apartado de lo sensible, y con unos sentimientos altísimos, y al mismo tiempo que llenos de dulzura, muy sólidos y semejantes en lo espiritual, y poco sensibles a los sentimientos de la fe.

Y desde este punto parece que en cierto modo ha mudado el Señor de conducta en mi espíritu, pues no siendo tan frecuentes los favores ( y luces más altas), revelaciones, luces sensibles, son continuos estos otros favores y luces más altas;12 de suerte que, así como la dignidad sacerdotal me ha colocado en otra esfera, así las gracias del Señor lo son de otra, tan alta y sólida como aquélla. Pero de este punto hablaremos otras veces.

Concluyo diciendo que en las gracias (la acción de gracias) después de esta Misa, sentí en este mismo modo mil favores del Señor, y de mi parte( me) sacrifiqué de nuevo a mi alma, mi corazón y potencias; sentidos y cuanto soy, a su voluntad, culto y gloria; y bien de las almas”.13 Hasta aquí lo que pasó en el primer Sacrificio de nuestro joven, explicado más con silencio extático que con palabras; serían necesarias muchas si yo quisiera referir los singularísimos favores que Jesús Sacramentado le comunicó en los Santos Sacrificios, que celebró los pocos meses de Sacerdote (sirvan de Indice para los demás los que voy a referir en el capítulo siguiente

 

 
1          El P. Bernardo de Hoyos vivía profundamente la espiritualidad del jesuita. Uno de los rasgos típicos de la Compañía de Jesús es el de la “misión”. El “ser enviado” a un destino, a una tarea concreta, es algo que está en las entrañas de nuestra espiritualidad. No nos metemos en ésta o en aquella tarea por nuestra propia decisión, sino porque así nos lo señala el Superior que tengamos en ese momento. Para San Ignacio de Loyola era éste un medio seguro de acertar con la voluntad de Dios,

2          El día 18 de diciembre de 1734. Esta fiesta de la Expectación del parto recibe el popular nombre de fiesta de nuestra Señora María de la O.

3          El día 2 de enero de 1735.

4          El obispo de Valladolid, que ordenó al P. Hoyos era Don Julián Domínguez de Toledo y tiene la delicadeza de ponerles su carruaje para llevarlos desde el colegio de San Ambrosio hasta el llamado palacio de Fabio Nelly, en cuya capilla ordena a Bernardo y a otros dos compañeros.

5          Alude aquí Bernardo a uno de los momentos más emotivos de la ceremonia de la consagración sacerdotal: cuando, postrados en tierra, son acompañados por el rezo de la comunidad cristiana, que invoca sobre ellos la protección de los Santos.

6          Alude aquí Bernardo a una gracia especial de “experimentar” interiormente lo que las palabras expresaban exteriormente.

7          Bernardo tiene aquí como trasfondo el capítulo 19 de Juan, cuando al describir la lanzada, dice que “al punto salió sangre y agua”. Ya desde los comienzos han visto los Santos Padres y los autores espirituales cómo del manantial del Corazón roto de Cristo manan los sacramentos de la Iglesia.

8          Cuando Dios se comunica íntimamente al alma, no es raro que ocurra lo que en este pasaje dice Bernardo: un estar como fuera de sí, absorto en lo interior, aunque exteriormente lleve una conducta semejante a la habitual. Teresa de Jesús describe en sus obras este estado: “esta quietud y recogimiento del alma es cosa que se siente mucho en la satisfacción y paz que en ella se pone con grandísimo contento y sosiego de las potencias y muy suave deleite....”

9          Bernardo, como tantos otros Santos, pedía al Señor no dejar traslucir los efectos admirables que se producían en su interior. Imita en ello a Teresa de Jesús, que suplicaba al Señor lo mismo

10         Los estudiantes de la Compañía renuevan sus votos dos veces al año; una de ellas tiene lugar el día de la festividad de los Reyes Magos. En consonancia con los “regalos” que éstos ofrecieron al Señor, los estudiantes jesuitas ofrecen ese día a Cristo Niño tres regalos también: sus tres votos de pobreza, castidad y obediencia. Bernardo asistió en San Ambrosio a la Misa de comunidad, en la que los estudiantes renovaban sus votos, e inmediatamente después parte para la iglesia de San Miguel con el fin de celebrar allí su Primera Misa.

11       Se trata aquí de una visión “imaginaria”, que es frecuente en Bernardo de Hoyos. En ésta aparecen sus santos preferidos, que se distinguieron de manera especial por la devoción y entrega al Corazón de Jesucristo. Aparece entre ellos el P. Padial, jesuita muerto unos años antes en Granada, con fama de santidad y cuya vida, leída por Bernardo, le impresionó vivamente. Santa Teresa, hablando de lo que son estas visiones “imaginarias”, se expresa así: “Un día de San Pablo, estando en misa, se me representó toda esta Humanidad sacratísima (de Cristo) como se pinta resucitado, con tanta hermosura y majestad ...; sólo digo que cuando otra cosa no hubiese para deleitar la vista en el cielo sino la gran hermosura de los cuerpos glorificados, es grandísima gloria, en especial ver la Humanidad de Jesucristo Señor Nuestro, aun acá que se muestra su Majestad conforme a lo que puede sufrir nuestra miseria; ¿qué será adonde del todo se goza tal bien? Esta visión, aunque es imaginaria, nunca la vi con los ojos corporales ni ninguna, sino con los ojos del alma.... Si estuviera muchos años imaginando cómo figurar cosa tan hermosa, no pudiera ni supiera, porque excede a todo lo que acá se puede imaginar, aun sola la blancura y resplandor. No es resplandor que deslumbre, sino una blancura suave y el resplandor infuso, que da deleite grandísimo a la vista y no la cansa ni la claridad que se ve para ver esta hermosura tan divina. Es una luz tan diferente de la de acá que parece una cosa tan deslustrada la claridad del sol que vemos, en comparación de aquella claridad y luz que se representa a la vista, que no se querrían abrir los ojos después....; es luz que no tiene noche, sino que, como siempre es luz, no la turba nada. En fin, es de suerte que, por gran entendimiento que una persona tuviese, en todos los días de su vida podría imaginar cómo es. Y pónela Dios delante tan presto que aun no hubiera lugar para abrir los ojos si fuera menester abrirlos; mas no hace más estar abiertos que cerrados cuando el Señor quiere, que aunque no queramos se ve. No hay divertimiento que baste ni hay poder resistir ni basta diligencia ni cuidado para ello. Esto tengo yo bien experimentado, como diré.... 

Diré, pues, lo que he visto por experiencia. El cómo el Señor lo hace, vuestra merced lo dirá mejor y declarará todo lo que fuere oscuro y yo no supiere decir. Bien me parecía en algunas cosas que era imagen lo que veía, mas por otras muchas no, sino que era el mismo Cristo conforme a la claridad con que era servido mostrárseme. Unas veces era tan confuso que me parecía imagen, no como los dibujos de acá, por muy perfectos que sean, que hartos he visto buenos; es disparate pensar que tiene semejanza lo uno con lo otro en ninguna manera, no más ni menos que la tiene una persona viva a su retrato, que por bien que esté sacado, no puede ser tan al natural, que –en fin- se ve es cosa muerta....

No digo que es comparación, que nunca son tan cabales, sino verdad, que hay la diferencia que de lo vivo a lo pintado, no más ni menos; porque si es imagen, es imagen viva; no hombre muerto, sino Cristo vivo; y da a entender que es hombre y Dios, no como estaba en el sepulcro, sino como salió de él después de resucitado. Y viene a veces con tan grande majestad que no hay quien pueda dudar sino que es el mismo Señor...

Tan imprimida queda aquella majestad y hermosura que no hay poderlo olvidar...Queda el alma otra, siempre embebida; parécele comienza de nuevo amor vivo de Dios en muy alto grado, a mi parecer; que, aunque la visión pasada que dije que representa Dios sin imagen (la visión intelectual) es más subida que para durar la memoria conforme a nuestra flaqueza, para traer bien ocupado el pensamiento es gran cosa el quedar representado y puesta en la imaginación tan divina presencia.

Y casi vienen juntas estas dos maneras de visión siempre, y aun es así que lo vienen, porque con los ojos del alma se ve la excelencia y hermosura y gloria de la santísima Humanidad, y por esta otra manera que queda dicha (la visión imaginativa) se nos da a entender cómo es Dios y poderoso y que todo lo puede y todo lo manda y todo lo gobierna y todo lo hinche de su amor. Es muy mucho de estimar esta visión...”  (Libro de la Vida, cap 28)

(La nota ha sido larga; pero creemos vale la pena para entender lo que es una visión “imaginaria”, tan frecuente en la vida interior de Bernardo de Hoyos)

12         Muchas fueron las gracias de tipo místico con que, a lo largo de su vida, fue enriquecido el P. Hoyos; en estas frases insinúa cómo el sacerdocio supuso para él un estado de gracias más hondas y delicadas.

13         A estas gracias eximias responde Bernardo con la entrega total de sí mismo a los planes del Corazón de Jesucristo. Las gracias del Señor están pidiendo una correspondencia. Son signo de amor y reclaman amor.

 

 

 

                       
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