| Libro Vida del V. y angelical joven P. Bernardo Francisco de Hoyos de la Compañía de Jesús, escrito por su Director espiritual el P. Juan de Loyola S.J. poco después de la muerte de Bernardo en 1735. Bernardo de Hoyos (1711-1735) es considerado el principal apóstol de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús en España. |
| Libro Tercero.
Capítulo 14. Favor singularísimo que el Corazón
de Jesús hizo a Bernardo, y éste apreció siempre por
el mayor de todos. Los grandes favores con que el S. Corazón de Jesús regalaba el espíritu de su siervo, no le satisfacían, aspirando con amorosas ansias al favor de poder padecer por el Corazón Divino. Nadie puede expresar estas amorosas ansias como el mismo Bernardo con sus extáticas expresiones. Refiérelas dando cuenta de lo que había padecido el día de la Santa Cruz. El día del triunfo de la Santa Cruz1 (escribe), mirándola triunfante en mi Salvador, la saludé amorosamente con íntimos deseos de verla enarbolada en el mío, en señal de que la Cruz tiene el dominio de mi corazón, en el cual deseo habite como en su propia morada, pues la consagró el de Jesús, colocándola en sí. Paréceme, amado Padre, que el mayor de los favores que puedo esperar es la Cruz:2 la Cruz amo, la Cruz deseo, por la Cruz anhelo, sin la Cruz los mayores regalos me son amargos, con la esperanza de estrechar la Cruz en mi pecho, me consuelo. Pero ay! que en llegando la Cruz se hace pesada, y esos deseos parecen veleidades, no obstante, que tal cual astillita de esa Santa Cruz que no suele faltar, aun cuando está presente, me recrea, si bien se siente como Cruz porque si no dejaría de serlo. En este tiempo se ha formado la Cruz de tres materias: de amor, dolor y temor; de amor en los ímpetus que a veces asaltaban el corazón, poniéndole en un ansia y apretura tan dulce y suave como penosa y dolorosa; particularmente ha sido esto los días próximos a la Asunción, con la memoria de los deseos ardientes que tendría María Santísima, cercana ya a partir de esta vida de dolor; por la luz casi continua de las ofensas que se han cometido, cometen y cometerán contra el Señor, y en especial de las ingratitudes que en la Eucaristía ha experimentado su amante Corazón. Esta luz ha sido tan activa a veces, que si no fuera sostenida con superiores fuerzas, no pudiera haber vivido entre los dolores y mortales congojas que este sentimiento causaba en mi alma. Esto experimenté con mayor fuerza todos los viernes, pero muy particularmente en el primero de este mes (en cumplimiento de la promesa del Señor) porque este día3 se me repitió el favor que otros primeros viernes de mes de llegar el alma a introducirse dentro del Corazón afligido del Salvador, de donde admiraba más de cerca sus sentimientos de amor y dolor, aunque en la Misa se serenó este día algo la tempestad, por ser la de Nuestra Señora de las Nieves, en que reverenciaba la unión de nuestros corazones, los cuales vi unidos en uno, y acogidos4 en el de nuestra Dulcísima Madre, con no pequeño consuelo, que se trocó luego en mayores dolores, por la avenida de otras luces celestiales. También el temor de ir por mal camino, teniendo ofendido al Corazón Sagrado, ha agravado alguna cosa la cruz. En este punto, afligido una noche y receloso de que mi espíritu no era de la Compañía, ni propio de nuestro Instituto, ni conforme al de nuestro P. San Ignacio, por lo que el Padre Ribadeneira5 dice en su Vida, y por los ejemplos que pone; me declaró el Señor interiormente no tenía que temer, dándome esa doctrina: que el Demonio había engañado por este camino a muchos, que no anduvieron en simplicidad hasta el fin, que su traza era desacreditar por este medio los verdaderos favores que él hace a los suyos, logrando con sus embustes, que los poco espirituales y menos sabios miren con cierto género de horror estas cosas. Que mi espíritu no era contrario al de mi P. San Ignacio, que en sí mismo experimentó estos y mayores favores; que su espíritu era medir la santidad, no por los dones de Dios, sino por la correspondencia a estos dones, que por ser suyos, debían estimarse con humildad; que el carácter de su espíritu en el gobierno espiritual, fue la prudencia, a la cual toca detenerse y examinarlo todo, consultando ya a la providencia ordinaria, ya a la extraordinaria, cuyas leyes eran diversas: que ésta era el carácter que dejó el Santo a sus Hijos: con esto quedé consolado, y dando cuenta al Padre Rector de esta inteligencia la aprobó, y confirmó con especial sentimiento de su verdad. Hasta aquí la pluma de este amante afligido joven. Porque en estas amorosas ansias de padecer hace Bernardo mención del singular favor que el Corazón de Jesús le había ofrecido y cumplió, es necesario referirle. Disponíase nuestro joven para recibir los Sacros órdenes con los fervores que veremos, cuando conoció que el Corazón de Jesús quería disponerle por sí mismo; la disposición del SSmo. Corazón cumplió una de las profecías de Bernardo: todo lo descubrirá él mismo con expresiones llenas de luz, fuego y dolor en su corazón amante y coronado de espinas. Por este tiempo6 se me dio a entender, (dice) más clara y distintamente, cómo antes de recibir el Sacerdocio quería el buen Jesús favorecerme con darme a gustar la corona de espinas que ciñe su Corazón, la cual me serviría de disposición. Tiempo antes se me había prometido esto mismo: pero se me declaró, empezaría la 1ª Dominica de Adviento, y cumplióse puntualmente, que aunque siempre he experimentado al Señor puntual en sus promesas, pero en esta materia de padecer, es con especialidad. El modo fue este: Después de comulgar se me mostró el Señor, y descubriendo su Divino Corazón todo abrasado en llamas vivas de amor, y todo lastimado con la Corona de Espinas y demás insignias, con que ha querido simbolizar sus penas, comunicó a mi alma una luz clarísima con que, según su capacidad, penetraba en aquellas insignias materiales los misterios espirituales que encierran, y mediante esta celestial luz, sentí empezar a formarse en mi corazón una imagen de la que tenía delante. Al modo que un cristal, cuando le embiste de lleno el sol para recibir en sí todas las luces de éste, así se comunicaba, como por reverberación, a mi espíritu el incendio que contemplaba en aquel Divino objeto; pero inmediatamente que recibió en sí los ardores, transformó en sí los dolores, y me pareció que mi corazón, antes luminoso con los influjos ardientes del de Jesús, de repente se cubría de un no se qué de penas, dolores y tristeza, con que quedaba ofuscado, al modo que un hermoso espejo, se empaña con el aliento. Y en un instante experimenté, no tanto con la luz que me ilustraba, cuanto con el dolor que empecé a padecer, experimenté, digo, en mí mismo prácticamente algo de lo que pasó por el Corazón dolorosísimo en el Huerto7; y ésta fue la corona prometida, a que se añadieron por esmalte las piedras preciosas de los ímpetus,8 de que muchas veces he hablado a V. Rª., aunque en mayor intensión y extensión que otras veces. Esta dolorosa y apreciable corona de espinas, por los dolores y sentimientos de muerte que en mí causaba, y de piedras preciosas por el amor y complacencia incomparable, con que mi corazón la abrazaba, se fijó en medio de mi alma altamente, que puedo asegurar a V. Rª. que cuantos trabajos y penas interiores había padecido hasta aquí, se desvanecían en su comparación. Todos los días del Adviento sentía sus penosos efectos, a veces con tanta actividad, que necesitó el Señor fortificar mi flaqueza, como puede ser diga después. Explicóme el amado Salvador la estimación en que debía tener esta corona, y agradecerla como una de las mayores prendas y señales de su amor para conmigo, y que con ella aprendería a compadecerme9 de su afligido Corazón. Y esto que decía, lo obraba en mi alma, porque no son ponderables los afectos de agradecimiento con que mi espíritu besaba la mano con que tan dolorosamente me favorecía. Siendo cosa suya ver tanto gozo en mi flaqueza entre las penas más terribles, ni tampoco son decibles las altas exclamaciones, con que mi corazón se condolía y compadecía del de Jesús cotejando la infinidad de sus penas por la grandeza de las mías, infinitamente menores que las suyas. De aquí brotaban mil afectos de compensar sus injurias, aliviar sus dolores, etc. . Hasta aquí las sentidas cláusulas de este favorecido siervo del Corazón de Jesús. Para hacer algún concepto, aunque ligero, de las penas que empezó a padecer el corazón de Bernardo a imitación del Sagrado Corazón de Jesús, veamos cómo este amante y paciente joven describe las del Corazón de su amado Jesús. Había gozado singulares delicias los primeros días del año con los misterios tiernos del tiempo. Anhelaba padecer mucho a imitación del Corazón paciente de Jesús. Logró esta gracia, que incesantemente pedía, como lo refiere su pluma, llena de celestial amargura. Las dulzuras de mi espíritu, (dice) se mudaron en amarguras el primer viernes del mes y año10; en el cual cumplió el buen Jesús la promesa de comunicarme en tales días la honra de coronar mi corazón con las espinas que adornaron el suyo amabilísimo. Es cierto que no fue con tanta abundancia como el primer viernes del mes siguiente, del cual quiero decir algo en particular, pues lo fue para mi este día. Este día al despertar, hallé fijas en mi entendimiento aquellas palabras: tristis est anima mea usque ad mortem (triste está mi alma hasta la muerte); y empezó a sentir la voluntad su significado. Pero en la oración, estremeciéndose y temblando todo el cuerpo tan sensiblemente que temí no lo percibiese quien estaba cerca, y cayendo en mi corazón una mortal tristeza, empecé a hallarme en agonía algo semejante a la que padeció en el Huerto el buen Jesús, el cual se me mostró al mismo tiempo en aquella triste forma que le pintan los Evangelistas, orando a su Eterno Padre entre las congojas mortales de este paso. Esta visión introdujo por los ojos del alma a lo más íntimo lo más profundo de una jamás experimentada aflicción, la que se aumentó incomparablemente con unas amorosas y tristes palabras con que el Dulcísimo Jesús, como quien buscaba se condoliesen de su tristísimo Corazón, me dijo llegase más de cerca, a ver lo que pasaba en su Corazón, en el cual me parecía se hallaba mi alma introducida y contemplando aquel abismo de dolores. Pero, Oh! Buen Jesús! Oh Corazón Dulcísimo! Quién pudiera explicar las amarguras, congojas, tedios y atrocísimos tormentos que mi alma vio retratados en vos mismo? Oh! Si los hombres vieran en vuestro Corazón dolorosísimo, no digo lo que padeció, que esto no puede comprenderlo ninguno de los mortales, pero a lo menos lo que os dignasteis manifestar a mi pobre alma! Oh! Y como todos procurarían con vuestro culto templar vuestro dolor. Yo, amado Padre, quedé como muerto con esta vista, que fue muy breve, pues no pudiera tolerarla más tiempo mi flaqueza. Todo el día anduve como fuera de mí, y cuando estaba solo no podía detener las lágrimas, ya de la profunda tristeza que en mí experimentaba, ya de la compasión que me causó el Corazón Sagrado, en el cual, aun pasada la visión, traía presente aquella claridad con que Jesús previó sus ofensas y nuestras ingratitudes, la cual luz en mí, pecador miserable, causaba un horror tan asombroso que más se redujo a términos de insensible en el sumo dolor; pues¿ qué sería, o qué causaría esta luz infinitamente más clara en aquel Dios tan ajeno de todo pecado, tan amante y tan puro, tan santo, tan celoso de su honra, y tan generoso para resentirse de nuestra ingrata correspondencia? No pude ya contenerme sin buscar algún desahogo a mi pena con mi Padre Rector,11 pero al mejor tiempo, cuando empezaba a respirar con su Rª., que me iba consolando, cortó él mismo la plática, y me envió tan atravesado, como quien comienza a respirar y se corta la respiración, aunque luego lo conocí, o que su Revª. lo hacía, por cooperar con el Señor a mi pena, o que el Corazón S.S. se lo inspiraba por el mismo fin. Yo no me engañé, porque acudiendo al mismo Jesús Sacramentado, y recogido todo en mí, oí me decía que él había sido quien me había cortado aquel alivio, el cual quería conmutar por otro; y éste fue darme una nueva luz de lo que su Corazón había sentido, en particular las injurias que preveía en el Huerto le habían de hacer en sus Altares; y este alivio fue el último redoble a las fatigas de este día, las que se aumentaron aquí sobre manera, al paso que al Corazón S.S. se le recrecieron altamente las suyas con este conocimiento, pero en realidad fue alivio a la sed, que al mismo tiempo ardía en mi pecho de transformarme en el cáliz mismo del Corazón de Jesús; el cual, con esta ocasión, me dio a entender que no le desagradaba buscase en mis aflicciones algún consuelo en mis Padres espirituales, que él le buscó también en sus Discípulos, aunque no le halló, pero que le encontraría yo, cuando fuese su voluntad, y que si ésta era que padeciese, me sabría poner en el mayor alivio, el mayor dolor, y que tiempo vendría, en que él mezclase todo lo que naturalmente, me podría agradar con el padecer más amargo. Hasta aquí el joven favorecido, quién nos enseña la celestial práctica de recurrir a nuestros superiores en todas ocasiones para recibir dirección, aliento y consuelo. Los efectos sensibles que estas penas causaban en el cuerpo y espíritu de Bernardo declaran los excesivos trabajos de su afligido corazón: habla de lo que padecía los viernes primeros de cada mes, y dice así: Todos los viernes fueron en mayor grado las amarguras y tristezas. Solía venirme una clara luz, que me ponía delante como en un espejo todos los dolores del Corazón de Jesús, ya por los pecados de los fieles, ya de los infieles, y de sus enemigos, ya por las ingratitudes, que previó su amor a sus finezas, particularmente en la Eucaristía, y de repente se me alteraba el cuerpo, y empezaba a temblar como si tuviera alferecía, y los miembros quedaban fríos, las manos sin acción, la lengua sin pronunciar palabra, los ojos o abiertos o cerrados, como les cogía, derramando algunas lágrimas, y hecho una estatua el cuerpo: sólo sentía tener el alma en las mortales congojas que ésta padecía. Entre todas las penas interiores sentía por las ofensas de mi Jesús amabilísimo una tristeza profundísima, a semejanza de la que él dijo, le llevaba a término de muerte, y en esta tristeza parece se resolvía el alma llena de un tedioso desmayo, como el que naufraga entre las olas. Los días de comunión eran de comunicación de los dos corazones en las espinas de aquella amabilísima corona. Hasta aquí la pluma de Bernardo teñida en la amargura de sus penas. Concluiré este capítulo, aunque no los favores del padecer de nuestro joven, con el favor que recibió día de Santo Tomé Apóstol.12 La historia de la incredulidad de este discípulo de Jesús llamó el corazón y espíritu de Bernardo al Costado abierto y Corazón amantísimo del Divino Maestro.13 No podía dejar de encenderse en amor al Corazón S.S. teniéndole tan presente, y así dice: El día de Santo Tomé Apóstol, acordándome mucho de la dichosa incredulidad que acarreó a este Santo meter su mano en el Costado abierto de Jesús, siendo natural, se acercase a aquel Corazón Divino, sentí en mi espíritu un fuego de amor hacia este Corazón Dulcísimo que abrasaba todas mis entrañas. Pero poniéndoseme delante este S.S. Corazón con las insignias que otras veces, convertía aquel incendio en un mar de angustias, cuyas aguas entraron hasta lo más íntimo de mi alma: porque vi en aquel simulacro de dolores, haber sido causa de ellos, mis pecados, imperfecciones e ingratitudes, y aquí cayó sobre mi un pesar y detestación de mis pecados aun más leves, que junto con la tristeza que me asaltó, me hubiera quitado la vida, si el buen Jesús, acercándome a la llaga de su Corazón no me hubiera influido nuevo esfuerzo en una como llama ardiente, que salió de aquella esfera de amor, me parecía convertir en pavesas mi corazón, y que quedaba como anihilado en gran parte el hombre viejo, y toda el alma como retocada, y en un género de tinte de mayor disposición para el sacerdocio; cumpliendo así el Señor la promesa de suplir, por medio de su Corazón, lo que me faltase para llegar a tan alta dignidad. Este género de padecer, fue una de las disposiciones con que el Corazón Divino iba disponiendo el mío aumentándose no poco con haber de reprimirlo todo en lo interior, sin que en lo exterior se rezumase cosa, aunque en bastante peligro me vi algunas veces; bien es que el Señor hacía la costa, pues si no, fuera imposible naturalmente ocultarse tanta tempestad de penas; y como este mi Padre Rector me aseguraba, sin manifiesto peligro, digo, milagro, no pudieran las fuerzas naturales contener(se) toda esta fatiga en lo interior, y más cuando de improviso me cogía en distribución de comunidad, aunque regularmente en estas ocasiones venía más templado el padecer. No solamente traía al alma este favor la gracia y utilidad del padecer mismo (y no era la menor), sino otras muchas utilidades en los efectos14 que dejaba, como era una gran compasión de lo que el Corazón de Jesús padeció: un deseo de evitar en mí las mínimas faltas, que ocasionaron tanto dolor; un horror grande al pecado, y sobre todo un celo ardiente de que todo el mundo conociese al Corazón S.S. y se alentase a resarcir sus injurias, y en particular una determinación grande de no perdonar a trabajo por la salvación de las almas, en el nuevo estado de sacerdote, en que me quería poner. Hasta aquí Bernardo, que andaba ya absorto en las disposiciones interiores que le pedía el Señor, para el altísimo grado del sacerdocio a que lo elevó con particulares providencias, gracias y favores, como ahora veremos. |
| 1 El
día 14 de septiembre. 2 Aquí aparece ya Bernardo con la gracia típica de los grandes santos: el amor a la cruz de Cristo. En el fondo de estas palabras resuena la frase de San Pablo: no quiero gloriarme sino en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo. Es la frase de Teresa de Jesús: o morir o padecer, y la de Santa Magdalena de Pazzis: no morir sino padecer. Estamos en el Everest de la vida espiritual: la locura de la cruz; una cruz que es cruz porque duele y crucifica, pero que es entrevista como el árbol de preciosos frutos, que enardecen el alma y la hacen suspirar por ellos. Y como ve que esos frutos se los da la cruz, por eso la ama y la desea, aunque sepa que traerá consigo también el dolor y el sufrimiento. Querer ver aquí cierto espíritu masoquista, es no haber entendido nada de este asunto. 3 Se ve que el Primer Viernes de mes cayó ese año el día 5, que es la fiesta de la Virgen de las Nieves. 4 Una visión semejante a ésta tuvo el P. Hoyos en Medina del Campo, en la fiesta de la Purísima Concepción (8 diciembre 1729). Aquí habla de cómo su corazón estaba unido al de Jesús y ambos acogidos en el Corazón de María. En la visión de Medina, tal como la relata el P Juan de Loyola en su Vida del P. Hoyos, valiéndose de los cuadernillos de apuntes espirituales del joven Bernardo, queda expresada de esta manera: Abrióse este bellísimo y divino corazón que era el Corazón amabilísimo de María Santísima, y reparó Bernardo que estaba allí guardado su corazón. Cerróse luego el Corazón de María y desapareció la visión 5 El Padre Pedro de Rivadeneira fue uno de los primeros jesuitas, que entró muy jovencito en la Orden. San Ignacio sentía un especial afecto por él, quizás por ser el más jovencito del grupo de jesuitas que residían en Roma. Escribió la primera Vida de San Ignacio, a cuyo contenido se refiere el P. Hoyos en estas líneas. 6 Estamos en el Adviento de 1734, poco antes de que Bernardo reciba las sagradas órdenes. 7 Se trata de un fenómeno de naturaleza mística, que no ha sido infrecuente en bastantes santos, por el cual experimentan en su interior algo de la agonía de Cristo en Getsemaní. 8 Esta palabra la conocía Bernardo por haber leído las obras de Santa Teresa. En efecto la Santa habla de ellos en bastantes ocasiones. El P. Hoyos conoce ese fenómeno no sólo por haberlo leído en los libros, sino por haberlo experimentado en sí mismo; y tan bien lo conoce que incluso llega a escribir un pequeño tratado sobre ello, y eso que solamente tiene dieciocho años cuando lo escribe estando en Medina del Campo. Con la perspicacia interior que le caracteriza, dirá Bernardo que un ímpetu de amor divino es una especie de padecer y gozar al mismo tiempo que purifica al alma mucho más que otros trabajos y pruebas; es un martirio suavísimo, dulce martirio de padecer y gozar. Por ello quedan explicadas frases a primera vista contradictorias, como aquello de o padecer o morir de Santa Teresa. O la más atrevida aún: no morir, sino padecer de Santa Magdalena de Pazzis, ya citadas arriba en otro contexto. 9 No se trata aquí de una mera compasión sentimental, sino de una auténtica com-pasión, padecer juntamente con Cristo. Bernardo cumple aquí la petición que pone San Ignacio en la tercera semana de los Ejercicios, en que, contemplando la Pasión del Señor, hace pedir al ejercitante: dolor con Cristo doloroso, quebranto con Cristo quebrantado, lágrimas y pena interna de tanta pena que Cristo pasó por mí. 10 Se trata del primer viernes de enero de 1934 11 Era el Rector del Colegio de San Ambrosio, donde estaba el P. Bernardo. Se trata del P. Francisco Rávago. 12 La fiesta de Santo Tomás se celebraba entonces a últimos de diciembre. Estamos en 1734 y Bernardo está a punto de ordenarse de sacerdote, ya que será ordenado el 2 de enero de 1735. 13 Tal vez por esto, se ha representado en el retablo nacional del templo de la Gran Promesa esta escena de Santo Tomás tocando la llaga del costado, acompañado de los santos que más se distinguieron en la devoción a su Corazón. En ese altorrelieve aparece también el P. Bernardo de Hoyos, junto con Cardaveraz y Loyola. 14 El P. Hoyos hace aquí un discernimiento de espíritus y ve cómo esos efectos: horror a todo pecado, celo de las almas, aliento para sufrir, etc son efectos del buen espíritu, y queda asegurado en lo íntimo de su corazón. |