| Libro Vida del V. y angelical joven P. Bernardo Francisco de Hoyos de la Compañía de Jesús, escrito por su Director espiritual el P. Juan de Loyola S.J. poco después de la muerte de Bernardo en 1735. Bernardo de Hoyos (1711-1735) es considerado el principal apóstol de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús en España. |
| Libro Tercero.
Capítulo 12. Celebra
Bernardo con singular devoción el día consagrado al
Corazón de Jesús, y se refieren algunos favores que le
precedieron.
La devoción del Corazón Sagrado de Jesús, que Bernardo inspiraba a todo el mundo, se estampaba antes en su amante corazón, con los favores más divinos y con los más fervorosos obsequios. Acercábase el viernes inmediato a la octava del Santísimo Sacramento, día señalado por el mismo Jesús para la fiesta de su Corazón. Deseaba nuestro joven celebrar este día con todas las piadosas prácticas que enseñó Jesús a su regalada esposa, la V. Margarita María de Alacoque. Así lo ejecutó, añadiendo otras que él había leído en el libro De cultu Cordis Iesu. Antes de referir los favores con que celebró y consagró el viernes inmediato a la octava del Corpus, es preciso insinuar los singularísimos favores con que le previno el Sagrado Corazón de Jesús. El día de la Santísima Trinidad se repitió en su espíritu un favor de mucha enseñanza; refirióle con estas palabras: Volví a entender (dice) con nuevas luces cuán agradable música dan a la Santísima Trinidad las mínimas obras nuestras, ofrecidas por medio del Corazón de Jesús,1 cítara armoniosa que en las tres cuerdas de que ya escribí a V. R., forma la consonancia más grata a los oídos de Dios. Y desde este favor saludo al Corazón Divino con este motete en que se complace; Cor Iesu, cithara bene sonans, in qua sibi complacet Beatíssima Trinitas: divino amore , quo ardes , inflammame. En el día solemnísimo del Corpus Christi había recibido siempre Bernardo indecibles favores, que hemos insinuado en otras ocasiones. Pero los de este año2 no pueden omitirse por la relación y conexión que tienen con el Sagrado Corazón de Jesús. Son maravillosos, y la pluma del favorecido joven los describe así: La víspera del Corpus empecé a sentir notables accidentes secretos de amor por medio de Jesús Sacramentado y de su dulcísima presencia, que sirvieron de preparar mi corazón para recibir el Santísimo Sacramento este día; en el cual, al comulgar, me pareció estar rodeado de espíritus angélicos que hacían compañía a su Rey Sacramentado. Sentí en particular la amable presencia de estos dos Señores y Amigos3 que continuamente me asisten. Y luego recibí una soberana luz que, declarándome algo de la excelencia de este Santísimo Sacramento de amor, me ilustró el entendimiento para conocer algo de aquel infinito incendio que ardía en el Corazón Santísimo de nuestro Salvador para con su Eterno Padre y para con los hombres, al tiempo que levantando los ojos al cielo, como para que respirase aquel volcán Divino, pronunció las palabras de la consagración e instituyó este Santísimo Sacramento. No sé, amado Padre mío, cómo insinuar lo que concebí había significado aquel et elevatus oculis in caelum4. Ardía aquel Corazón Divino en vivas llamas de amor; iba éste a respirar en aquella fineza de dejársenos a si mismo en este augusto Sacramento, cuando vi se le ponían delante como escuadronadas todas las injurias, ingratitudes y malas correspondencias con que habían de pagar los hombres este exceso de amor. Yo, Padre mío, sólo con ver según la luz que me declaraba estos secretos, aquel colmo inmenso de injurias, quedé como fuera de mi, y me parecía era un retrahente aquel amor, que de este modo preveía sus desprecios; pero vi en aquel nobilísimo Corazón que convertido todo en fuego, acometiendo por medio de las inmensas aguas de todas las ofensas que habían de cometer los hombres contra este Santísimo Sacramento, parece se encendía y enardeció más a vista de su contrario, y por un prodigioso antiperístasis (esfuerzo contrario), no sólo se intensaba más a vista de su acerbo dolor, sino que como cebándose en las mismas ingratitudes de los hombres, las embestía y convertía en nuevos ardores de aquel fuego en que se abrasaba: al modo que un volcán abrasador, a la misma agua que parece le había de apagar, convierte en alimento de sus llamas y de sus mismos ardores. Veía, amado Padre, en aquel Corazón Santísimo, una como batalla en que combatían, de parte a parte, el dolor y vivísimo sentimiento que como generoso tenía aquel S. Corazón, previendo tanta ingratitud, y el amor que venciendo, y si se puede decir así, como atropellando por tan justos motivos de indignación, se resolvía a afrentar con su fineza nuestra maldad; y, al dirimirse este combate entre el dolor y el amor, fue el levantar los ojos al cielo de Jesús, a que acompañó un dulcísimo suspiro, o una respiración ardiente, un divino esfuerzo, en que el amor se mostraba vencedor: al modo que el corazón de cualquier hombre, combatido de afectos encontrados, busca el desahogo en la acción de levantar los ojos al cielo y suspirar cuando se acaba su conflicto. En el cual punto determinó Jesús, con nuevas finezas, reparar las injurias del Sacramento con abrir su Corazón y manifestar a la Iglesia ese tesoro soberano.5 Y así como instituir la Eucaristía a vista de sus agravios, fue un redoble imponderable del amor de Jesús que resplandece en este Divinísimo Misterio y muestra la grandeza de este beneficio, así la determinación de descubrir su mismo Corazón, para que en él se encuentre el modo de reparar las injurias del mismo Sacramento, fue en aquel paso una fineza de tan altos quilates de amor, que puede formar otro sacramento de amor6, pues es una de las mayores que ha hecho el Señor a su Iglesia después de la del Sacramento. Y aquí entendí que la fiesta del Corazón, después de la del Corpus, sería la más venerable en la Iglesia7. Hasta aquí Bernardo. Enardecido con esta inteligencia, protestó al amabilísimo Jesús ,en su nombre y en el de todos sus confidentes, la resolución invariable de hacer todos los oficios posibles (dice) a nuestra pequeñez, y de procurar este dulcísimo culto usque ad sanguinis efussionem, y hasta el último aliento de nuestra vida. Llegábanse los ejercicios de renovación8 tan fértiles para Bernardo de soberanas luces, incendios sagrados y frutos muy sólidos. Prevínole el Señor con las disposiciones interiores comunes ya en su espíritu, y se siguieron los efectos que hemos notado en otras renovaciones. Lo particular de ésta fue que su Dulcísimo Director, San Francisco de Sales, le dio solidísimas doctrinas de perfección en el último día de ejercicios. Nuestro dulcísimo Director San Francisco de Sales (dice) lo ha sido, y muy familiar, este último día enseñándome, dirigiéndome, dándome doctrina admirable de gran perfección, mostrándome mis imperfecciones, y finalmente cifrándome el fruto de estos ejercicios en estas palabras: Ages in silentio. Expresóme altamente con ellas la humildad, paz y tranquilidad con que debo tratar con los hombres, conmigo mismo y con el mismo Dios, en los negocios del Corazón de Jesús. Hasta aquí Bernardo. Esta celestial doctrina de San Francisco de Sales hacía admirable consonancia a una locución del Señor, con que había intimado a nuestro joven lo mismo que a la V. Margarita: Pues que había renunciado en su Sagrado Corazón todas sus obras y méritos, supiese que en adelante sólo debía atender a imitar su Divino Corazón, a procurar su mayor gloria, y manifestarla a todo el mundo.9 Las palabras que el Señor había dicho antes a Margarita y, ahora, a Bernardo, son éstas: itaque me ipsum imitatus feres omnia, et ages in silentio intuitu solius divinae gloriae in stabiliendo regno sacritissimi Cordis mei in corde hominum, quibus ipsum Cor meum tua opera manifestabo. Y así sufrirás a imitación mía todas las cosas, todo lo harás en silencio con el fin de la gloria divina de establecer el reino de mi Sacratísimo Corazón en el corazón de los hombres, a quienes quiero manifestarme por tu medio. A estas disposiciones de los días de ejercicios correspondía una renovación del espíritu de Bernardo toda del cielo. Hízole su Santo Angel de Guarda el favor de despertarle la mañana del día en que había de renovar. Al despertar, le parecía se hallaba su alma en el Sacratísimo Corazón de Jesús, quien le favoreció maravillosamente en este día. Refiéralo todo Bernardo con sus palabras. Habiéndome despertado el Angel poco después de las tres (dice), como lo había pedido, se halló mi corazón luego en el de Jesús, y allí se regaló con mil amores hasta que después de la Consagración en la Misa de renovación tuve esta visión regaladísima por vía intelectual: vi al Dulcísimo Jesús sobre el Altar con su Santísima Madre, a quienes acompañaban los Santos y Santas,10 mis devotos, que ya sabe V. R.. Sólo reparé después en que faltaba nuestro Hermano y condiscípulo San Juan Evangelista. Pero además de estos Santos, vi a los Santos Apóstoles cuya fiesta hoy celebramos; también asistía la regaladísima esposa del Corazón Divino, Santa Gertrudis.11 Parecíame que, estando mi alma postrada a los pies de Jesús, sin atreverse a hablar palabra de confusión y espanto de sí misma (que se conocía bien quién es) la decía el Señor qué fruto había sacado de sus ejercicios, y cómo se había de renovar mi espíritu. Y, sin saber quién se las dictaba, pronunció como avergonzada de si misma, las palabras que mi Santo Director le había dicho el día antes. Agradóse Jesús y me pareció daba parte a todos aquellos cortesanos suyos de la elección que había hecho de mi ánima para promover el culto de su Corazón12, por que campeasen más sus grandezas en la pequeñez del instrumento. Luego sentí como que me decía el Señor que hablase a su Vicario San Pedro13, y sin saber cómo, no supe más que pedirle como a Pontífice Sumo, que estableciese en la Iglesia el culto del Sagrado Corazón por alguno de sus sucesores. Respondióme el Santo Apóstol amorosamente que el año pasado tal día como éste me había afirmado que este culto sería solemne en la Iglesia. Hasta aquí el joven renovante. Renovó después con los seráficos ardores que seguirán a este soberano favor. Al ofrecer sus votos por medio del Sacratísimo Corazón de Jesús entendió la soberana armonía que hacen a la Santísima Trinidad las mínimas obras ofrecidas por el Sagrado Corazón de Jesús. Los efectos de estos favores, como los refiere difusamente Bernardo, eran un fuego de amor al Corazón Divino, que le penetraba y consumía lo más íntimo de su pequeño corazón. Los afectos, fervores y obsequios con que Bernardo celebró el día de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús son inexplicables. Para su mayor consuelo en esta solemnidad, se juntaron este año la fiesta del Corazón y la Visitación de Ntra. Señora a Santa Isabel14. Ambas festividades llenaban de gozo el corazón de Bernardo por las dulces memorias que le daban de los cultos del Sagrado Corazón que era todas sus delicias. Mucho nos pueden enseñar las expresiones con que este devotísimo joven describe las disposiciones, afectos y obsequios de su corazón en el día del Corazón de Jesús: es preciso valernos de sus palabras vivas y expresivas. El día antecedente, que fue la octava del Corpus (dice),procuré disponerme con algunos actos de virtud, en especial de humildad, para celebrar la fiesta del Corazón Sagrado, cuyo día amaneció para mi lleno de incomparable gozo, luego que antes de la hora de levantar me despertó el Angel. La causa de este gozo fue representárseme luego que desperté, cómo este día era adorado el Corazón de mi amado Jesús, y su culto practicado en muchas partes del Mundo, y no menos derramó sobre mi pobre corazón una suavidad dulcísima saber que en nuestra España, en Murcia y Lorca, se habían de predicar públicamente sus soberanas excelencias,15 celebrando su fiesta en el modo posible hasta que la Santa Iglesia instituya el rito que al Rey de los corazones es debido. La consideración de que el año pasado, por lo que toca a España, estaba cercado su culto dentro de los nuestros, y que en tan poco tiempo ha sido beneplácito del Eterno Padre descubrirle de modo que ya muchas almas le practicaban este día en nuestra nación, hacía derretir mi alma en una complacencia amorosa que perfumaba como suavísimo bálsamo mi espíritu. Todo el día anduve embebido en estos deliciosos sentimientos y con especialidad en la presencia de Jesús Sacramentado. Aun en las acciones exteriores andaba mi corazón en el de su amado,16 que le hacía mil visitas por todos los templos de la cristiandad, en que este día estaba presente y celebrado con solemne pompa. En particular discurrió mi espíritu consoladísimo por todos los templos de la Visitación, y con un gozo imponderable miraba en la concurrencia de la fiesta del Corazón y de la Visitación, que era este día, reinando a este Rey de los corazones en las casas y en los amantes corazones de nuestro dulcísimo Director San Francisco de Sales. El Arzobispado de León (Lyon) y Tolon17 eran mayores motivos a mis amantes complacencias, contemplando en todas sus iglesias y sus aras descubierto, como en su trono, al Corazón de Jesús patente en el Santísimo Sacramento. De este modo andaba mi espíritu buscando al Corazón de Jesús, adorándole y congratulándole, y dándole mil parabienes de verle triunfar en tantas partes del Mundo este día. Hice las cinco visitas al
Santísimo18 por los motivos que señala el libro
De cultu Cordis, dilatándome según era la
voluntad del Señor detenerme en ellas. En la tercera19, llorando por la tarde las injurias de
los fieles y postrado en tierra, sentí a mis lados a las
esposas regaladas del Corazón: Santa Gertrudis y la V.
Margarita, a quienes tan cerca tocan las glorias que este
día se rinden al Corazón Sagrado y diciendo me
levantase del suelo, me agradecieron mis deseos de
reparar las injurias hechas contra el Corazón Divino, y
de que se propagase su culto para que otros las reparen.
Hasta aquí la inflamada pluma de Bernardo, que nos
enseña el modo de celebrar santamente la fiesta del
Sagrado Corazón de Jesús. |
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Habla aquí ya Bernardo de Hoyos de lo que luego se
conocerá con el nombre del Apostolado de la
Oración. Estamos en 1734 y ya Bernardo insinúa la
conveniencia de ofrecer nuestras obras a Dios por medio
del Corazón de su Hijo: por El, con El y en El, a
Ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del
Espíritu Santo, todo honor y toda gloria. Aunque
el movimiento del Apostolado de la Oración nacerá un
siglo más tarde, en 1844, en el Escolasticado jesuítico
de Vals (Francia) con el P. Gautrelet, ya mucho antes, en
el Noviciado de Villagarcía, aprendió Bernardo a
ofrecer sus obras al Señor. Antes de que el P. Francisco
Javier Idiáquez diera a la imprenta el libro titulado Prácticas
espirituales para el uso de los Hermanos Novicios de la
Compañía de Jesús del Noviciado de Villagarcía
los novicios copiaban por sí mismos el texto para mejor
asimilarlo y cada uno sacaba sus propios apuntes del
mismo. Así lo hizo también Bernardo. Se recitaba
entonces en Villagarcía una fórmula de ofrecimiento de
obras que, durante muchos años ha sido la oración
típica para ofrendar la jornada a Dios nuestro Señor.
Los novicios de Villagarcía la hacían en el corillo del
Relicario, nada más levantarse, y decía así: Oh
Virgen Santísima¡ yo entro humilde y confiadamente en
esta Capilla, como en casa vuestra y de vuestro
dulcísimo Hijo, mi Señor Jesucristo. A Vos os
encuentro, Madre mía, y después de besaros los pies
como esclavo, os deseo como hijo besar la mano, y os pido
para pasar bien el día vuestra santa bendición.
También os encuentro a Vos en el Sagrario, ¡oh buen
Jesús!, que habéis estado velando y guardándome esta
noche, de que os doy mil gracias. Yo me postro, Dios
mío, ante vuestro divino acatamiento, y os adoro como a
mi Criador, Conservador, Redentor, Santificador y
Glorificador. Yo, abriendo delante de Vos todos los senos
de mi corazón, os ofrezco de mi pobreza todo el
caudal de mis afecto. Ofrezco a Vos, ¡oh Padre
celestial!, en obsequio vuestro, todas las obras y
trabajos de este día, unidos a los méritos de la Vida,
Pasión y Muerte de mi Señor Jesucristo, a los de la
Santísima Virgen y a los de todos los Santos.
Ofrézcoos, Dios mío, el oro de la Caridad, el incienso
de la Oración y la mirra de la Mortificación.
Constaba este ofrecimiento de obras de cinco partes:
adoración (expresada arriba)- afectos de liberalidad
para con Dios- peticiones a Dios-acción de gracias por
los beneficios- y propósitos. 2 año 1734 3 Son probablemente el Angel de la Guarda y San Juan evangelista. 4 Con esta frase, que se decía poco antes de la Consagración en el Canon antiguo de la Misa, se refiere Bernardo a la escena de la institución de la Eucaristía en el Cenáculo. 5 El P. Hoyos expresa maravillosamente en estos dos párrafos el estado interior del Corazón de Cristo en el momento de instituir el Sacramento del amor. Había asimilado perfectamente lo que tantas veces había pedido en los Ejercicios de San Ignacio: conocimiento interno del Señor.... 6 Bernardo llama al Corazón de Jesús el otro sacramento de amor.: el Pan, el Vino y el Corazón.... 7 Así ha sido en realidad. La festividad del Corazón de Jesús tiene en la Iglesia el mayor rango que se puede tener en ella: el rango de solemnidad. 8 Se trata del Triduo de renovación de votos, que hacen nuestros escolares dos veces al año. Esta renovación tuvo lugar en los días anteriores a la fiesta de San Pedro y San Pablo. 9 Es aquello de cuida tú de Mí y de mis cosas, que Yo cuidaré de ti y de las tuyas. 10 El cortejo de Santos y Santas que aparecen frecuentemente en las visiones de Bernardo de Hoyos son: San Francisco de Sales, San Francisco Javier, San Ignacio de Loyola, Santa Magdalena de Pazzis, la entonces Venerable Margarita María de Alacoque, Santa Gertrudis.... En esta ocasión aparecen San Pedro y San Pablo, cuya festividad era; en cambio, no aparece San Juan evangelista, cosa que hace notar Hoyos expresamente. 11 Santa Gertrudis ha sido una de las santas que más han saboreado y alentado la devoción al Corazón de Jesús. Regaladísima esposa del Corazón Divino la llama aquí Bernardo, y con toda razón. Pero no solo ella; otras Santas y Santos se han distinguido en esa devoción al Corazón de Cristo. Santos y Santas que aparecen en el retablo mayor del Santuario nacional de Valladolid. Los vemos distribuido en dos grupos: el de hombres está presidido por la figura de San Juan evangelista, a quien acompañan San Bernardo, San Agustín, San Buenaventura, Santo Tomás de Aquino, el P. Cardaveraz, el P. Hoyos, San Juan de Avila y el P. Juan de Loyola que tiene en sus manos un libro (el Tesoro escondido ¿). Y, paralelo a él, aparece el otro recuadro con las Santas que más se distinguieron en la devoción al Corazón del Señor. Preside el mismo la Virgen María, que ofrece en adoración la corona de espinas y los clavos de la Cruz. Ante ella se arrodilla, besando la corona, Santa Gertrudis, y tras ella Santa Catalina de Sena. Frente a la Virgen, en pie, aparece Santa Margarita María de Alacoque que muestra en una tarjeta la efigie del Sagrado Corazón; completan el cuadro Santa Teresa de Jesús, la Madre Sacramento, la Fundadora de la Orden de Reparadoras, y Santa Sofia Baralt. 12 El P. Bernardo de Hoyos estaba plenamente convencido de que la empresa de dar a conocer el Corazón de Jesús y procurar su extensión y su culto era algo que el mismo Jesús le había confiado, y era tal la certidumbre que sobre eso tenía que no podía dudar ni un momento. De ahí que se lanzara con todas sus fuerzas y con un entusiasmo que desbordaba todos los límites a esta tarea que le había sido confiada por el mismo Señor. Uno recuerda aquella certidumbre de Ignacio de Loyola acerca del nombre de su Orden: se llamará Compañía de Jesús, y aunque muchos le ponían dificultades sobre este punto, jamás pudieron hacerle desistir de ello. 13 Estamos en el día 29 de junio de 1734, fiesta de San Pedro y San Pablo. 14 Ese año coincidieron en el 2 de julio ambas festividades, bien que aún no se celebraba públicamente en España la fiesta litúrgica del Sagrado Corazón. Ese día, 2 de julio, fue precisamente el día en que Santa Margarita recibió el encargo para la Compañía de Jesús de promover el culto del Corazón de Jesús; de ahí que para Bernardo de Hoyos tuviese un especial atractivo el día de la Visitación. 15 Ya el P. Pedro de Calatayud había comenzado en sus Misiones a hablar del Sagrado Corazón y había instituido la primera Congregación en Lorca y en otras localidades del reino de Murcia. En una nota anterior hemos hablado de los estatutos de estas congregaciones y del culto que tributaban al Corazón de Jesús, muy unido desde el comienzo al de la Eucaristía. 16 Por estas expresiones vislumbramos una calidad interior realmente extraordinaria: Bernardo vivía absorto en Dios, a la vez que con los pies muy sobre la tierra. Los místicos no son visionarios, sino personas con los pies en la tierra y el corazón en el cielo. 17 En Francia iba más adelantado el culto al Corazón de Jesús que en nuestra patria; por eso escribe el P. Loyola en el Tesoro escondido: ...promulgaron su sagrado culto con sus edictos los Illmos. Arzobispos y Obispos de León (Lyon), Constancia, Besanzon y Langres; y estos dos últimos prelados le señalaron misa propia, la cual quisieron se insertase en los misales peculiares de sus diócesis... 18 Entre las prácticas de devoción al Corazón de Jesús que aparecen en el librito del Tesoro escondido se habla de las Cinco Visitas. Leemos en el Párrafo IV lo siguiente: Este día (viernes siguiente a la octava del Corpus: la fiesta hoy del Corazón de Jesús) se visitarán más frecuentemente los templos, para suplir la negligencia de muchos cristianos que apenas entran en ellos sino compelidos por la Santa Iglesia. En especial se visitará cinco veces a Jesús en la Eucaristía: 1, en acción de gracias por la institución del Santísimo Sacramento; 2, por las muchas veces que le hemos recibido, y con él innumerables beneficios; 3, en satisfacción de las injurias y sacrilegios cometidos por los herejes; 4, por las innumerables y gravísimas ofensas de los católicos; 5, por compensar la soledad que el Santísimo Sacramento tolera en tantos lugares, aldeas y aun ciudades de la Cristiandad 19 La tercera visita, tal como aparece en el Tesoro escondido, se refiere más bien a las injurias ocasionadas por los herejes; Bernardo habla de las injurias de los fieles. Unas y otras, por lo que tenían de ingratitud y menosprecio con el Señor, herían profundamente el corazón del P. Hoyos, quien acostumbraba a visitar al Señor en el Sagrario treinta y en ocasiones hasta cincuenta veces al día. Siempre el amor a la Eucaristía ha ido de la mano con la devoción al Corazón de Jesús. |